Crónicas

Casas Museos de escritores en Argentina

Por Javier Quintá

Cada vez ganan más espacio en el turismo cultural, incluso sobre grandes museos. A lo largo de nuestro país, luchan por convertirse en verdaderos centros autogestionados de difusión de la vida y obra del autor. 

Las casas, como los cuerpos, tienen memoria. Construyen historia. La de su dueño, pero también la de una época. Si sumamos además que la casa es la de un escritor, el mundo se amplía al de su literatura. Lo imaginario se funde de tal manera con lo real que construye otra atmósfera. Dispara recuerdos leídos, pero también emociones que nos acercan al hombre de carne y hueso escondido en la solapa del libro o las reseñas de un diario.  

Juan José Saer decía que la ficción multiplica al infinito las posibilidades de tratamiento de lo real. En este caso es lo real que cobra otras dimensiones, entretejiéndose con las fantasías propias del lector en un ida y vuelta entre la vida de su escritor favorito y su obra. Cruzar ese umbral significa entonces estar viviendo otra vida, la del autor, ahora sí como personaje de ficción, respirando ese mismo aire, donde cada objeto remite al propietario, develando alguna faceta individual, sus amores, sus aficiones. 

Ficción o realidad

En Argentina pocos datos sistematizados pueden obtenerse sobre la visita a las Casas Museos de los escritores. Un poco porque no todos dependen de entidades públicas ni son considerados museos nacionales o institutos oficiales, otro poco porque la ayuda privada no siempre alcanza ni para sostenerlos ni para abrir sus puertas como centros culturales. Uno de los casos más recientes ocurrió en 2014, con la casa en La Cumbre (Córdoba) de Manuel Mújica Láinez, sin dudas, una de las más emblemáticas, cuando se realizó una convocatoria que incluyó un abrazo solidario para salvarla del cierre. 

Actualmente, las puertas del Paraíso, como solía llamarla Mujica Laínez, siguen abiertas. Además de ser un archivo viviente, con más de 15 mil títulos, su belleza continúa intacta. Recorrerla, como dice Paula Pico Estrada –quien pasara junto a su mamá, la escritora Sara Gallardo, una temporada durante los años '70–, es como vivir en una novela, en el sentido de que la casa posee “un concepto artístico, plasmado materialmente”. 

Allí se conservan sus cuadernos de anotaciones, el anillo del escarabajo que suele verse en sus retratos, se respira la historia de cada flor lila del jardín, cada pintura, como si fuera la casa quien guiara a cada uno en una visita que transforma el paisaje en una conferencia sobre la belleza y la soledad. Sus paredes cobran vida, como en la historia de aquel famoso azulejo, el hombrecito azul de uno de sus cuentos, que supo burlar la muerte escondiéndose en el aljibe, al que, si no se le presta atención pasa desapercibido debajo de una virgen de cerámica en uno de los patios interiores. 

"El Paraíso", la casa del escritor Manuel Mujica Láinez en La Cumbre (Provincia de Córdoba)


Pero si bien la lista de casas museo del país no es tan larga, lo que sí se sostiene en aumento es la cantidad de visitantes cada año. Dos de las más concurridas son la Casa Museo Sarmiento, perteneciente a la localidad de Tigre, en Buenos Aires, con más de 23 mil visitas durante 2017; y el Museo Casa de Ricardo Rojas, en la calle Charcas (Ciudad Autónoma de Buenos Aires), poeta, ensayista e historiador, quien fuera enviado a la cárcel de Ushuaia por su filiación al Partido Radical durante el golpe de Uriburu, con 4 mil visitas por año. 

Museo Casa de Ricardo Rojas, en la Ciudad de Buenos Aires


En el año 1860, Sarmiento recibió de su amigo Federico Álvarez de Toledo Bedoya el obsequio de una casa en el Tigre, a la cual llamó Prócida en homenaje a la pequeña isla que se encuentra frente a la ciudad italiana de Nápoles, en el sur de Italia, y construyó dentro de su isla un hermoso puente al que bautizó igual al de la ciudad de Venecia, Rialto.

La casa, una construcción de madera con techo de tejas, constaba originalmente de una planta baja libre, mientras que la planta alta tenía una única habitación. Las paredes, construidas con tablas prefabricadas, muestran que se trata de una arquitectura mucho más elaborada de lo que pueda imaginarse a simple vista. 

Pero el autor de Facundo, no sólo se dedicó a descansar y a escribir en ella. Durante sus más de 30 años de estadía, ofició de consejero en el armado de otras casas y en la solución de los problemas habituales que la vida del Delta merecía por esos años. En 1855 plantó la primera vara de mimbre, dando así inicio a la actividad de la que hoy sobreviven muchos isleños. Sarmiento trajo además a la zona, proveniente de uno de sus tantos viajes a Estados Unidos, las primeras semillas de pecanes, hoy la famosa nuez del delta que crece en todas las islas.

En 1966, un decreto del Presidente Arturo Illia la declaró Monumento Histórico Nacional y en 1996 se entregó la custodia a la Municipalidad de Tigre que se encargó de protegerla de las inclemencias de la naturaleza y del paso del tiempo, con la extraña armadura de cristal con la que hoy se la conoce.

Casa Museo Sarmiento, en el Delta del Paraná (Partido de Tigre, Provincia de Buenos Aires)


Mucho más que una casa

Bernard Deloche, gran filósofo y museólogo francés, hablaba de la importancia de esa valoración especial de las casas museos, ese halo de autenticidad que las rodea, algo así como un “aura” de originalidad frente a los consumos culturales estandarizados a los que estamos acostumbrados. Por otra parte, si al valor biográfico de la casa museo agregamos el de sus propuestas culturales, sus recorridos, las actividades y el papel que juegan las muestras y exposiciones o los talleres que ahí se realizan, extienden aún “más allá” no solo del nombre del autor, sino el valor social de su obra y su memoria para las nuevas generaciones de lectores.

Así, la casa del escritor Haroldo Conti, a la cual se accede remando por el arroyo Gambado o en lancha colectiva, ofrece talleres culturales gratuitos y abiertos al público la localidad del Tigre. Este refugio de la memoria, no solamente mantiene vivos los recuerdos del poeta, secuestrado durante la última dictadura militar, con sus retratos, sus libros, su habitación intacta, la cama tendida, el televisor rojo, el retrato del Che, sino que, con sus propuestas culturales, extiende el rol militante del autor más allá en el tiempo, y el de su propia literatura, claramente.

“Mi casa, la única sobreviviente familiar que me queda. Cuando me fui, la encontré en cada casa donde viví (...) ¿Me fui del todo alguna vez? Toay es una puerta que se quedó abierta para siempre en mi memoria y por la que podía entrar a mi antojo para encontrar la fiesta o el sosiego.” Así recordaba la poeta Olga Orozco, a su casa de infancia en la localidad de Toay, a 11 km de Santa Rosa, provincia de La Pampa.

En esta casa, actualmente en refacciones, aunque espera abrir nuevamente sus puertas en breve, es el sitio donde la poeta nació en 1920 y vivió hasta los ocho años, y en donde, según sus propias palabras, empezó a escribir cuando solo sabía hablar. Allí está la habitación ambientada con algunos muebles que le pertenecieron: su cama, sus trajes, zapatos, valijas, recuerdos de sus tantos viajes por el mundo y retratos de familia. La ventana que da a los tamariscos, tan recordados de su infancia se abre al jardín, ese lugar mítico que tanto le dio a su poesía, con las características palmeras, una magnolia y una vieja parra que plantara Carmelo Guliotta, padre de la escritora.

La sala principal que resguarda el tesoro más preciado de la escritora: sus libros. Están ubicados en una gran biblioteca de cedro y el público puede acceder a ellos y ver los subrayados de Olga en algunas de las páginas visitadas por ella misma como lectora. También hay testimonios sobre su vida, sus amistades, su actividad social y objetos relacionados a su oficio de escribir: la Olimpia modelo Splendid 33, los manuscritos originales y lapiceras.

Daniela Rodi, a cargo del espacio, explica que, por las tareas de refacción, continúan trabajando con el programa educativo del museo, como espacio itinerante, asociándose a bibliotecas populares y viajando a distintas localidades para acercar a los chicos y chicos de escuelas a la poesía a través de charlas y talleres.

Casa Museo de Olga Orozco, en Toay (Provincia de La Pampa)


Paisajes

Otras dos casas museo emblemas de una época, la del modernismo a comienzos del siglo XX, pero también remansos de vidas trágicas, son el Museo Histórico Casa de Leopoldo Lugones y el Museo Casa de Horacio Quiroga

La primera, una casona tradicional de un solo piso y paredes de adobe, ubicada en Villa María del Río Seco, Córdoba, donde el autor de Lunario Sentimental nació en 1874. Allí se conservan retratos, manuscritos, artesanías, registros de su paso por el colegio Monserrat y una nota, escrita de puño y letra, con su último deseo antes de suicidarse: que lo sepulten sin cajón, sin signo ni nombre que lo recuerde. 

Museo Histórico Casa de Leopoldo Lugones, en Villa María del Río Seco (Provincia de Córdoba)


Cierra la lista la casa de Horacio Quiroga, en Misiones, escenario al que llegaría por primera vez como fotógrafo, en una expedición junto a Lugones a las ruinas de San Ignacio, y al que regresaría en varios momentos de su vida, enamorado de la jungla. El autor de Cuentos de la selva, que nació en Salto, Uruguay, donde también está su casa natal transformada en museo, mantuvo este terreno como el ámbito ideal de sus obras literarias. En la casa aún se conservan su máquina de escribir, una bicicleta, su canoa, entre otras pocas cosas que, según él, eran suficientes para vivir. Porque como dijo su “hermano menor” Ezequiel Martínez Estrada, “la estrechez económica era la situación normal de Quiroga, no escribió jamás una línea para ganar dinero, ni adecuó un relato al paladar de los directores de publicaciones para que no se lo rechazaran; no mendigó fama ni fortuna”.

Museo Provincial y Casa del escritor uruguayo Horacio Quiroga, en San Ignacio (Provincia de Misiones)


Las dos Victorias

Con más trayectoria quizá, en la lista se anotan las dos casas de Victoria Ocampo. La primera, Villa Ocampo, se encuentra en Béccar (Partido de San Isidrio, Provincia de Buenos Aires). Construida en 1891, era donde la familia Ocampo solía pasar sus veranos. Más tarde se convertiría en la residencia de Victoria y el gobierno nacional terminaría declarándola Monumento Histórico. Por sus escaleras de mármol Carrara desfilarían no solamente gran parte del equipo de la revista Sur, sino otros personajes, como Stravinsky, Arthur Rubenstein, Federico García Lorca, Albert Camus, Graham Greene, Roger Callois, Saint Exupéry, Pablo Neruda, André Malraux e Indira Gandhi. 

Además de su arquitectura, se destaca una alfombra cubista de Picasso devenida en tapiz y un ascensor de 1913. Los amplios jardines en barrancas hacia el río, los cortinados y la ahora silenciosa cocina de azulejos blancos, contrastan con el detalle de cada carta que se guarda celosamente en el escritorio que perteneció a la directora de la revista Sur, donde reposa la máquina de escribir. Pero también el piano Steinway, sus objetos más pequeños, las fotos de los amigos, el retrato de la joven Victoria, los 12000 volúmenes de su biblioteca o la habitación donde murió.

Villa Ocampo, en Béccar (Partido de San Isidro, Provincia de Buenos Aires)


La otra casa de Victoria Ocampo, es la que funciona como sede del Fondo Nacional de las Artes en el exclusivo Barrio Parque, en la Ciudad de Buenos Aires. La decisión de Victoria de construir esta casa de inspiración racionalista fue un escándalo ya que ofendió tanto a las autoridades municipales como a los vecinos. Mientras la Comisión de estética edilicia de la ciudad argumentaba que la propuesta no era arquitectura, los vecinos alzaban una señal de alarma porque afearía el barrio con “líneas puras y lógicas” (según publicó La Nación el 4 de agosto de 1929) que no tenían nada que ver con la belleza del neoclásico francés que la rodeaba. Para llevar adelante el proyecto, Victoria contrató al arquitecto Alejandro Bustillo, a quien dio “rígidas indicaciones provenientes de su gusto personal”, según dice Norberto Galasso. “Victoria era una coqueta que siempre se salía con la suya. Esta casa parece una maquette con jirafas, por ese motivo no la firmé. No es posible construir una casa moderna en un barrio francés de casas mansardas”, dijo el arquitecto Bustillo.

“Temían que semejante adefesio les estropeara el naciente Palermo Chico. Yo estaba enamorada de la casa”, recordó Victoria años después. Por entonces, 1928, ninguna crítica hizo mella en su decisión. Además, estaba acostumbrada a la oposición. “Usted debería saber cómo ha sido mi vida en este país, en medio de personas que nunca me han entendido y que nunca me han aceptado”, le dice al periodista norteamericano, y amigo personal, Waldo Frank. En 1929, cuando Le Corbusier visitó Buenos Aires, conoció y ponderó la casa. Y en 1962, opinó: “La Señora Ocampo y hasta ahora sólo ella ha dado el paso decisivo construyendo una casa que causa escándalo. Pues bien, en Buenos Aires, es así. Sus dos millones de habitantes emigrantes emotivamente académicos chocan con esta mujer sola que sabe lo que quiere. En su casa se encuentran Picasso y Léger en un ambiente que aún hoy rara vez he encontrado”.

En esta casa, en 1930, se fundó la revista Sur con el objetivo de difundir la obra de autores extranjeros y dar a conocer a los jóvenes escritores argentinos del momento. En la actualidad, las actividades del Fondo Nacional de las Artes, dan paso a una visita guiada, por este pasado de esplendor.

Casa de la escritora Victoria Ocampo, en la Ciudad de Buenos Aires, donde hoy funciona el Fondo Nacional de las Artes (FNA)


Templos de la vida cotidiana

La recientemente inaugurada Casa Museo Ernesto Sábato, en la localidad de Santos Lugares (Provincia de Buenos Aires), es considerada un museo vivo, debido al recorrido audiovisual que el hijo de Ernesto, el cineasta Mario Sábato, registró a lo largo de la vida de su padre en la cotidianeidad de su hogar. 

Así, por ejemplo, a quien la visite, Sábato le contará la historia de la foto familiar de la entrada y usará el perchero para colgar su típico sombrero, bufanda y abrigo. Mirando los jardines de esta casa, originalmente alquilada a Federico Valle, pionero del cine, Sábato escribe Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador. 

A partir de 1979, cuando el escritor comienza a pintar, su estudio se deviene en taller, siguiendo los consejos de los pintores Soldi y Berni. Recientemente, en 2016, la calle sobre la que se ubica la casa cambia su nombre para llamarse Ernesto Sábato.

Casa Museo del escritor Ernesto Sábato, en Santos Lugares (Provincia de Buenos Aires)


Por último, la casa de Jorge Luis Borges, presenta la particularidad de que no se trata de una Casa Museo, sino que es la sede de la Fundación Borges en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se encuentra en la calle Anchorena, junto a su casa paterna donde según cuentan escribió la primera versión de Las ruinas circulares. En el primer piso se exhibe un plano de su mítico departamento de Maipú 994, frente a Plaza San Martín, donde vivió en su vejez, con sus bastones y premios, junto a algunos manuscritos originales.

De tamaños y formas disímiles, estos templos de la vida cotidiana, cunas de grandes genios de su tiempo, dejan su legado para contar otra historia: la de sus dueños, la de un país y su cultura. Como lugares sagrados de la literatura al mismo tiempo que proyecciones de una época, quizá no quede más que recorrerlos para tomar conciencia de que los milagros existen y aunque hay excepciones, generalmente suceden en habitaciones de casas más o menos escuálidas como las de cualquier mortal.