Entrevistas

“Escribo con el atronador relato de los medios comiéndome la cabeza”

Por Alejandra Correa

Mariano Quirós fue noticia el año pasado cuando su novela Una casa junto al tragadero, obtuvo el codiciado Premio Tusquets de novela. Para el Consejo Federal de Inversiones (CFI) ya era conocido, ya que en 2008 había sido el ganador del Premio Federal de Novela corta con su libro Robles. En la siguiente entrevista, Quirós se refiere a los premios, la escritura y el trabajo de cada día.

- ¿Cómo fue tu proceso desde aquel primer premio que ganaste en la Bienal Federal del CFI con Robles, en 2008, al Premio Tusquets que obtuviste a fines de 2017 por Una casa junto al tragadero

Lo que pasó en el medio es que leí mucho, me encontré con nuevos autores que -cada uno a su manera- fueron aportando algo a mi propia escritura. No creo, sin embargo, que escriba mejor que antes, pero sí estoy seguro de que aprendí a considerar cuestiones a las que antes, tal vez, restaba importancia. Escribí nuevos libros y, como me pasó con Robles, tuve suerte con los premios literarios. Así publiqué mis novelas Río Negro, Torrente, Tanto correr, No llores hombre duro y Una casa junto al Tragadero, y el libro de cuentos La luz mala dentro de mí.

- Según tu experiencia, ¿cuál es el rol de un concurso para los escritores?

A mí los concursos me sirvieron para publicar. También alguno me ha venido bien económicamente, pero cuando decidimos dedicarnos a la literatura sabemos de antemano que en materia económica deberemos apelar a la máxima austeridad. Yo quisiera ser millonario, dedicar mi vida a la lectura y a la escritura. De algún modo creo que lo hago: aunque me vean inmerso en otra actividad, con un niño en brazos, pidiendo fiado, incluso corriendo, lo cierto es que no hago más que leer y escribir. 

¿Escribís con método o sos de los escritores que esperan la chispa de la inspiración? 

Alguna vez pretendí escribir con método y disciplina, pero ya no. En buena medida porque puedo leer y escribir en cualquier lado y en cualquier momento. Entonces la disciplina y los métodos no son cosas que me preocupen. 

- ¿Cómo definirías tu escritura?

Yo escribo con toda la urgencia urbana del siglo XXI, con los kilos de cemento y asfalto con los que crecí, con el atronador relato de los medios de comunicación comiéndome la cabeza, con Facebook, con celulares y con toda la boludez que nos inunda. Al lenguaje que pude sacar de eso lo situé en un monte que imaginé enloquecido. La vida en el monte me parece absolutamente ajena, me cuesta asimilarla. Pero a la vez, el monte no deja de ser tan incómodo como es vivir acá, en Buenos Aires. Salir de tu casa para ir a trabajar es algo con lo que uno tiene que lidiar: se nota mucho en la actitud del pasajero urbano, su cabeza como absorbida por sí misma, más allá del celular. Me interesó poner a un tipo que por ahí se puede mover con cierta ductilidad en la ciudad en otro ámbito. El Mudo es un tipo particularmente torpe que por su afán de salirse de un ámbito incómodo se mete en uno que es doblemente incómodo, pero lo termina asimilando. 

- ¿Cómo vivís la dicotomía entre ser escritor y trabajar en otros ámbitos?

Tengo otros trabajos, por supuesto. Soy comunicador social. Creo que uno siempre se las arregla para que esa dicotomía no sea tal cosa, porque entre un mundo y otro no hay más que Vida y Literatura que, en definitiva y aunque a veces creamos que no, son la misma cosa. 

- El narrador de Una casa junto al Tragadero es un personaje mudo. Sin embargo, todo su pensamiento está al descubierto por esta posibilidad que tiene de contar. ¿Cómo te surgió esa idea, por qué pensaste en una voz que no se pronunciara para los otros, pero si para el lector?

Que el Mudo, el narrador de la novela, sea un forastero que se niega a contar su historia, quién es, de dónde viene, a qué viene, no hace más que generar historias alrededor suyo. La falta de una historia puede ser desesperante. Necesitamos narrar, cosa de encontrar una explicación a lo que nos rodea. Por eso los vecinos del pueblo no hacen más que inventar rumores sobre él: que está loco, que es brujo, que es medio retrasado, cualquier cosa... 

- ¿Pensás que el calor como atmósfera genera “alteraciones” en la vida de las personas? 

Sin duda. A mí —y creo que a todos— el sol tremendo de Resistencia me lleva al borde del delirio. Y eso me encanta.

- ¿Cómo aparece la relación de la escritura con tu lugar? 

Una vez el escritor Orlando Van Bredam me dijo: “Los escritores de tu generación ya no tienen que hacer folclore, no tienen que ser regionales. ¿Cuál es la realidad de ustedes? Tu vida no es la del campo, ni lo folclórico. Yo supongo que tiene que ver con el hecho de que él, o Miguel Ángel Molfino, su generación, como escritores regionales padecieron en su momento el ninguneo o simplemente la indiferencia de Buenos Aires. Yo seguía ese credo de Van Bredam sobre cómo tendríamos que escribir los escritores de la zona, pero en algún momento vi que todo aquello que estaba evitando era lo que justamente más me llamaba la atención. Y lo que más posibilidades me daba para hacer una literatura que tuviese mi lenguaje, mi brutalidad pueblerina o urbana. Porque en definitiva es todo lo que tengo encima. Así que en un punto era absurdo apartarme de la luz mala, por ejemplo. Eso y otras cosas también, porque en el medio hubo muchas lecturas de mis contemporáneos y de mi generación que me volaron la cabeza, sobre todo cuentistas como Samanta Schweblin, Federico Falco, Luciano Lamberti, Matías Aldaz. Casi todos ellos son escritores del interior y en algún momento hicieron abordajes de lo propio que me iluminaron. Y dije: ‘Claro, no tengo por qué evitar un pueblo, una zona rural’. Y tampoco tengo por qué evitar... nada, en definitiva”.

- ¿A qué otros narradores del NEA recomendarías leer?

A Miguel Ángel Molfino, Pablo Black, Germán Parmetler, Alfredo Germignani y Miguel Ángel Moreyra. Lo que me falta conocer son narradoras. Es el relato que tengo pendiente.