Entrevistas

Santiago Sylvester: "Ésta es una de las épocas más mestizas de la historia"

¿De cuándo datan sus primeros textos?
Empecé a garrapatear palabras en la adolescencia, pero supe un poco después que la cosa iba en serio: más o menos a los 17 o 18 años. Mi primer libro, innecesariamente precoz, lo publiqué en Salta cuando estaba haciendo el servicio militar, que por entonces era obligatorio. Me ayudó a armarlo Raúl Aráoz Anzoátegui con su generosidad invencible, pero creo que lo que se puede rescatar de aquel libro, no es el resultado, sino mi pasión por la palabra escrita, mi fervor por escribir. Yo estaba literariamente muy crudo, no tuve la precaución de nacer genial así que tuve que formarme, y eso me llevó un tiempo;  de modo que todo lo que tenía para decir, y la forma de hacerlo, era más bien prestado.

¿Cuáles fueron sus primeras influencias y cuales lo son ahora?
Respuesta: mis primeras lecturas fueron el Sigo de Oro español, como consecuencia del colegio secundario en el que estudié: el Bachillerato Humanista, donde se da mucha importancia a los clásicos, con latín y griego incluidos. Pero en la época de mis primeras publicaciones, las lecturas más recurridas eran Vallejo, Neruda y la generación española del 27. Hoy mantengo la lectura de los clásicos españoles, sobre todo Quevedo, y ya no tanto la de los otros mencionados, aunque por supuesto el respeto sigue intacto. Mis lecturas actuales son variadas, y con los años que tengo ya ni sé cuáles son las influencias: con los años uno va aprendiendo a disimularlas; pero sí es cierto que desde hace mucho predomina en mí una tendencia a lo reflexivo, a lo mental, más que al lirismo o a la metáfora, y entonces tengo que hablar de Borges, de Drummond de Andrade, de Eliot, y ya más cerca de Giannuzzi, entre muchos otros.

¿Cree en la inspiración?
Como ya se ha dicho, creo que la mejor inspiración es el trabajo. Esto consiste en vivir en un estado de atención que facilita y provoca ese “darse cuenta” que está en el núcleo de la poesía.  Sin embargo, nada anula un cierto imponderable, algo fortuito que llega imprevistamente, y que se revela en esos momentos en los que parece más fácil resolver lo que es complejo. La idea de inspiración ha caído en descrédito por el abuso que hizo un tipo de romanticismo, que llegó a asimilar al poeta con un médium: un señor al que no sabía qué le pasaba, que después de un estado de gracia, algo así como una posesión divina, veía sobre la mesa un poema escrito por su mano. Dejando de lado esta caricatura, me parece que hay cosas a sumar para que se dé lo mejor:  trabajo+imponderable+conocimiento del oficio.

¿Cuáles es su manera de trabajar el texto? ¿Toma apuntes, lo memoriza?
Siempre digo que escribo rápido y corrijo despacio. Tomo notas en una libreta que tengo en el bolsillo, y después veo qué esconden esas premuras.

¿Hace muchas correcciones?
Muchas, y es un momento de gratificación para mí. Creo, con alguna arbitrariedad, que lo que distingue a una persona que escribe de un escritor de verdad, es que el escritor siente precisamente el gozo de corregir: es el momento del juego, de la voluntad de divertirse con las palabras, de ir buscando el sentido de todo lo que hace.

¿Qué es la literatura para usted?
Vista desde aquí, resultó ser nada menos que mi destino. Supongo que suena grandilocuente, pero es cierto. Mi vida hubiera sido totalmente distinta sin ese elemento fundamental; la literatura me ha servido para vivir de cierta manera: un modo de tener amigos, de conversar, de viajar, de leer, de estar solo. Sin la literatura, y sobre todo sin la poesía, hubiera vivido otra vida; y como la vida que llevo viviendo me gusta bastante, hubiera sido una pena.

¿Relee sus libros publicados?
A veces, y no a todos. Por ejemplo, tengo tres libros iniciales a los que no vuelvo nunca. No por desprecio o temor, ni mucho menos para discutir con el muchacho que he sido, sino porque ya no me siento en sintonía con ellos. De hecho, no los he incluido cuando me tocó hacer alguna antología de mis propios poemas.

¿Tiene cábalas o supersticiones a la hora de escribir?
Si tomar notas todo el tiempo es una cábala, ahí tengo una. Pero creo que más que cábala es procedimiento. No, no creo tener esas cosas, ni creo en ellas.

¿Cuáles son los temas que lo obsesionaron en su obra?
El mundo en el que vivo y el paso del tiempo: lo demás viene por añadidura.

¿Nutre su literatura con otros campos del arte como ser el cine, la pintura, la fotografía?
Todo sirve, la poesía viene de todas partes, no sólo del arte. Conozco buenos poemas sobre el fútbol, las fiestas patronales, el dolor de muelas y la mala fe.

¿Cómo ve el actual panorama literario en nuestro país?
Variado, como la propia época. Ésta es una de las épocas más mestizas de la historia, y se nota en todo. Hay mucha poesía que me gusta y mucha que no me gusta: es lo inevitable cuando todavía el tiempo no ha hecho su criba. El presente, cualquier presente, es siempre mezclado y sin orillas fijas, y para mayor desconcierto nos toca a nosotros hacer la selección. Yo la hago para mí, para mi uso particular, con mucha alegría por lo que me gusta, y sin ninguna piedad con lo que no me gusta.


Con Santiago Kovadloff, 2005
Junto a Leopoldo Castilla, en Madrid (España), 1993
Con Héctor Tizón, en el Río Yala (Provincia de Jujuy), en 1990