Entrevistas

Vivir el silencio y el horizonte para poder escribirlos

Es la ganadora del Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2016. Con anterioridad, recibió uno de los más importantes premios a la Literatura Infantil que existen para el mundo de habla hispana. La argentina Laura Forchetti vive en Coronel Dorrego, Provincia de Buenos Aires porque, según sus propias palabras, sigue eligiendo el horizonte y el silencio. Y es precisamente de esas dos materias de las que está hecha su poesía.

¿Cuáles son tus primeros recuerdos sobre la poesía en tu vida y cuándo recordás haber escrito el primer poema?

Si pienso en la poesía en mi infancia, aparecen tres o cuatro imágenes claras en donde me reconozco leyendo, jugando, copiando, aprendiendo de memoria. Recuerdo dos libros de lectura: Confite, de 2° grado y un Manual de Kapelusz de 3°, ahí estaban los poemas de María Elena Walsh, José Sebastían Tallón, Germán Berdiales, María Hortensia Lacau. Conservo esos libros. Las hojas gastadas, ajadas conservan la alegría de entonces, la fascinación por las palabras, por la música. Recuerdo a mi abuelo diciéndonos poesías gauchas o españolas, recitándonos canciones, tangos. Me gustaba La pulpera de Santa Lucía –no entendía la historia, pero había algo que me atraía, tal vez que era rubia y con ojos celestes, que cantaba como una calandria-. Le pedimos al abuelo que nos copiara la letra, leer por nosotras mismas para poder releer, atrapar eso que se nos escapaba. Recuerdo también que la abuela protestó contra el abuelo: Esas no son canciones para nenas. Mi tío Oscar diciéndonos trabalenguas, retahílas, jitanjáforas, adivinanzas. Todo ese río maravilloso del lenguaje que nos enseñaba a repetir y cómo jugábamos con eso. Cómo nos divertíamos. Todavía hoy cuando nos encontramos las decimos otra vez, el tío conserva la memoria y la destreza. Después nos hicimos socias de la biblioteca del pueblo y empezamos a traer libros de poesía a casa: Béquer, Lorca, Alfonsina Storni, Neruda. Todo lo que íbamos encontrando. En cuanto a mi primera escritura, recuerdo que empecé escribiendo algo como unas prosas poéticas. Ahora pienso que tal vez elegí esa forma porque en la escuela nos enseñaban que la poesía debía tener rima, métrica, acentuación. La prosa me daba más libertad. Llené varios cuadernos con aquellos textos líricos, sentimentales. También escribía cartas, cartas de amor para los novios de mi hermana. Recuerdo que era algo serio para mí. Todo lo que me divertía leyendo o jugando con las poesías, se volvía grave, solemne al momento de escribir, un rito íntimo, que también me avergonzaba.

¿Quiénes fueron tus maestros en este camino?

Pienso en Mirta Colángelo. El encuentro con ella en La casa del sol albañil, en Bahía Blanca, fue transformador. Mirta no fue sólo mi maestra en poesía sino que con ella aprendí otra manera de ser yo maestra. La riqueza de esos años en el taller sigue siendo una fuente de agua a la que vuelvo siempre a beber, a refrescar el alma. También la poeta Delfina Muschietti ha sido una maestra para mí, con ella aprendí a pensar en mis poemas, a escucharlos. Y por supuesto, está la multitud de poetas que me acompañan desde hace años, maestras y maestros de las palabras y de los días. En este grupo están quienes llegan a través del espacio y del tiempo, pero también quienes están cerca, poetas con quienes intercambiamos lecturas, escrituras, experiencias, deseos, amistad. La poesía se va haciendo en esos intercambios.

En tu libro de poemas Un objeto pequeño recuperás la voz de una mujer que tiene a sus hijos desaparecidos, pero que los espera aun sabiendo que posiblemente no vuelvan. ¿Cómo llegaste a esa historia y a esa voz? ¿Cómo fue el proceso de trabajar el libro con una artista visual?

Un objeto pequeño está dedicado a María Salomón de Aiub, una mujer de Coronel Dorrego que perdió a sus tres hijos: Carlos, Ricardo y Marita, en la última dictadura. También desaparecieron y asesinaron a uno de sus nietos, a su nuera y a un yerno. Toda una familia destruida. En 2003, la artista plástica Graciela San Román, también de Dorrego, realizó una muestra homenaje por los desaparecidos de nuestro pueblo. Me invitó a participar con mis poemas. Yo conocía las historias como se conocen en los pueblos, a través de comentarios, aproximaciones; a partir del trabajo con Graciela, la conocí con más detalle, me acerqué a esas vidas. La muestra hacia presente la ausencia a través de objetos cotidianos, personales: cuadernos, juguetes, vestidos, instrumentos musicales, fotografías.  Recuerdo que me impactaron especialmente las fotografías, la nitidez en blanco y negro, tanta presencia, tanta luz: los cumpleaños, el primer día de clases, los bailes, la universidad, el casamiento, un asado de domingo, los trabajos. Y las fotos de infancia en la playa, el cuerpo al sol, a la ternura, a la alegría del agua. Después, sobre esos cuerpos, la ausencia total, la desaparición. Graciela y yo nos sentimos especialmente conmovidas por la historia de María, la madre. María había muerto en 1985. Conversamos con sus amigas, una sobrina, sus nietos. Fueron apareciendo retazos de su vida, palabras e imágenes que fueron el material con que hicimos Un objeto pequeño. Quisimos recuperar su voz, su espera por años, la tristeza infinita, la desesperanza final. Fue un proceso lento, de trabajo simultáneo. No fueron primero los poemas y sobre eso las imágenes, ni viceversa. Cada una fue trabajando a partir de las entrevistas, las visitas a lugares por los que transitó María, los objetos recuperados. Graciela trabajó en unas cajitas, con materiales como telas, piedras, hilos, alambres, vellón, perlas. Yo, con palabras, pocas, versos breves, mínimos. Después hubo un momento de ajuste, de decisiones sobre lo que teníamos, de armado de ese diálogo que habíamos establecido, cada una con su lenguaje.  Primero fue una muestra instalada en la Biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca, en septiembre del 2008. De esa muestra nació el libro. Juan Luis Sabattini, editor de Vacasagrada, fotografío las cajas de Graciela y diseñó el libro que publicamos a mediados del 2010.

En 2014 obtuviste con tu libro Donde nace la noche, uno de los premios más importantes de la literatura infantil de habla hispana, que da la editorial Kalandraka. de España (Premio Orihuela). ¿Existe para vos alguna voz previa que te señala que lo que estás escribiendo puede ser potencialmente para chicos?

Cuando empieza a “sonar” un poema en mi cabeza, cuando vislumbro algo, un destello apenas o la idea más amplia de algo que quiero contar, generalmente llega con un tono, un color, una forma de la lengua y entonces sé si ese puede ser un libro también para chicas y chicos. Escribir un poema o un libro de poemas, es entrar en un mundo con sus reglas, su música, su paisaje, sus habitantes. Eso determinará el tipo de verso, los cortes, las imágenes, el ritmo, el silencio, el juego. La escritura entonces se va acercando o no a eso que llamamos poesía infantil. Mi trabajo desde hace años como coordinadora de talleres infantiles, leyendo y escribiendo con chicos y chicas, me ha enseñado a estar atenta a esa voz más cercana a la infancia, a esa forma de usar las palabras como juguetes o artefactos recién descubiertos. Creo que esa puede ser una necesidad de la poesía infantil: limpiar el lenguaje de prejuicios y cerraduras, sacar las palabras de sus cajitas, como piedras de la payana, soltarlas bien alto y recogerlas en el aire. Nuestra mano de poetas será más o menos diestra en el juego, pero hay que intentarlo. El asombro de la mirada estrenándose, la lengua descifrando el renglón, el abanico del sentido siempre abierto. Aunque en los talleres también leemos poemas “para grandes”, con atención minuciosa, con encantamiento en el misterio, con placer y demora en versos que se escapan y que nos exigen volver una y otra vez. Disfrutamos esos poemas. Son tantas las formas de la poesía que es difícil decir es esto o aquello, o debe ser de esta manera o de aquella otra. Sin embargo, cuando estamos ante la presencia de poesía verdadera no tenemos dudas, es eso, lo sabemos con certeza, aunque no podamos definirlo. Así con la poesía infantil como con la poesía en general. La medida del poema que damos a niñas y niños debe radicar en eso: que en esos versos haya poesía, que sintamos el destello del relámpago,  como quería el poeta Roberto Juarroz. En cuanto a mi libro Donde nace la noche, la voz que atraviesa el libro es una doble voz, por un lado mi propia voz de niña que amaba los veranos junto al mar, el descubrimiento de la noche, los nombres de las estrellas, los olores de las plantas, de la arena y también las voces de mis hijos, de mi sobrina. Esas voces escuchadas, la maravilla de las palabras que se estrenan, entran al poema como semillas, florecen ahí. Como poeta, y no sólo en Donde nace la noche, soy una ladrona de voces. Y digo de voces y no de palabras, porque es en la voz, en una modulación, una resonancia única, una intimidad del decir, donde se hace la poesía.

En 2016 ganaste el Primer Premio del Fondo Nacional de las Artes en Poesía, con Libro de horas. ¿Qué te trajo este premio?

El Premio me trajo alegría, en primer lugar eso: alegría. Que el jurado –que era un jurado de poetas que admiro: Irene Gruss, Sandro Barella y Cristina Piña- leyera mi libro, ya era en sí atractivo; pero además que ese jurado eligiera mis poemas para el primer premio, me dio felicidad y calma. El trabajo con la poesía es solitario y silencioso, se van las horas tras un par de versos. La medida de lo que hacemos está fundamentalmente dentro nuestro, pero estas confrontaciones con el exterior ayudan, alientan. Por supuesto está el dinero del Premio, que no es algo menor y que es un estímulo al trabajo artístico, que en nuestro país es tan escasamente reconocido. También recibir el Primer Premio del FNA permite una mayor difusión de la obra. Libro de horas, el libro premiado, se publicó en Bajo la luna, una de las editoriales que publican poesía más importante de nuestro país, lo que implica mayor promoción y distribución. El Premio habilitó otra circulación de mi poesía. 

En tu último libro y en otro que estás escribiendo (según me contaste) aparece Hudson, así como en otro aparece Emily Dickinson. ¿Qué encontrás en las obras de ambos? ¿Cuál es la clave del diálogo que se hace necesario con otros autores a la hora de escribir?

En Hudson como en Dickinson encuentro una cercanía en la conexión con el mundo natural, donde plantas y animales se vuelven compañeros de viaje, hermanos con quienes se habita la misma casa y se conversa. La misma maravilla ante el misterio de lo pequeñísimo –la brizna- y la inmensidad; la pregunta sostenida en el asombro, en ese mismo misterio de los días de infancia que aún no está aclarado, del que hablaba Rilke y que para él era el material necesario para la poesía. En particular, de la poesía de Emily Dickinson me conmueve su rebeldía ante la sociedad machista y represora en la que le tocó vivir. La manera en que construyó una de las obras poéticas más intensas y bellas casi sin salir de su casa, su fuerza, su inteligencia y su atrevimiento en el uso del lenguaje y en la forma de sus poemas. Estos días escuchaba a Irene Gruss hablar de Dickinson, decía que es una de las pocas personas que toma a la palabra como algo sagrado, en este sentido, Dickinson era una mística. En cuanto al diálogo con otros y otras poetas que se abre a la hora de escribir, creo que es inevitable. Escribimos en conversación con la poesía que hemos leído, que estamos leyendo; nuestro poema se va tejiendo sobre la trama de esas palabras, esos versos, ahí se dibuja, se sostiene. Reconocer este diálogo, estar atenta a las correspondencias que aparecen, aún a veces sin ser conscientes al momento de escribir, ayuda a escuchar los propios versos, a leerlos en sus claroscuros, a ubicarlos en nuestro propio programa de escritura.

Hace años que tenés talleres con niños, jóvenes y adultos. ¿Se puede enseñar a escribir poesía?

El objetivo de los talleres, en mi caso, es que las personas se encuentren con la poesía. Y digo poesía en sentido amplio, el relámpago de Juarroz. En los talleres infantiles y juveniles siento que es imprescindible propiciar este encuentro, porque hay chicas y chicos que no tendrán otra oportunidad de acercarse a lo poético. Muchas veces la poesía queda encasillada en los versos didácticos de la escuela o en lecturas con intensiones pedagógicas y se pierde el juego, el goce con las palabras, el misterio de un texto que nos sacude y nos provoca, el encuentro de yo a yo con poetas de diferentes tiempos y geografías.Y desde la lectura puede nacer el deseo de la escritura; un juego con el lenguaje, que las palabras sean como cubos que la mano mueve para construir algo: una torre, un pequeño puente, una carretilla, un río manso, una forma abstracta. Con chicas y chicos, es puro juego creativo, probar una manera de decir, buscar formas para la expresión, hacer una huella, un trazo leve que confirma nuestra presencia en el mundo. Cuando la escritura de poesía se vuelve una necesidad, un deseo permanente, el taller puede aportar otras herramientas para trabajar el lenguaje, la sintaxis, el ritmo, lo visual, lo sonoro. Y además el intercambio con el grupo, la lectura grupal, la charla en torno al poema, el descubrimiento de cómo un texto se abre en posibilidades, en interpretaciones, la aceptación de la lectura ajena, la puesta en duda de los saberes propios. Pero no sé si se puede enseñar a escribir poesía, creo que lo que hacemos en los talleres es convidarla e invitar a probar maneras de escribirla. Pero cada cuál debe buscar su propio camino con las palabras, su voz y su verdad, que será siempre provisoria e inestable.

¿Cómo ha sido el camino de escribir poesía desde Coronel Dorrego? ¿Sentís que vivir en el interior de la Provincia de Buenos Aires marcó en algún sentido tu relación con la escritura y con el acceso a la difusión?

El lugar en que se habita marca, por supuesto, la identidad y también las posibilidades y las dificultades. Siento que mi poesía tiene raíz en la geografía y al ambiente humano de esta pequeña ciudad del interior de la Provincia: los cielos, la llanura, la cercanía del mar, el ritmo del pueblo, los trabajos, los intercambios. Ese es el centro, el punto desde el que miro, pero alrededor está el mundo. Trato de girar para poder ver en todas las direcciones y también intento el juego de ponerme afuera, de mirar desde el alrededor, de moverme de mi lugar. La tecnología ayuda. Internet, las redes sociales, nos ponen todo al alcance de la mano. Recuerdo en mi adolescencia o más acá, ya metida en el trabajo con las palabras, la dificultad de ver una película, conseguir un libro, recibir revistas, estar “al tanto” de lo que se estaba escribiendo, pensando.  Ahora es mucho más fácil, al instante recibimos y mostramos; tenemos conexión permanente al mundo. Sin embargo, hay cosas que la distancia física sigue restando. El movimiento cultural está centrado fuertemente en Buenos Aires. Los medios de comunicación con alcance nacional están ahí, las editoriales con más distribución, la gran oferta de charlas, seminarios, formaciones específicas; las presentaciones de libros, los ciclos de poesía. Buenos Aires es un gran ojo que se mira a sí mismo, ¿no? Quienes estamos lejos de ese centro tenemos que construir otras alternativas de intercambio. En mi región, el centro culturalmente más fuerte es Bahía Blanca; ahí nos reunimos, nos encontramos quienes estamos escribiendo poesía en el sudoeste de la Provincia. También es el centro de difusión de nuestras obras; hay varias editoriales publicando, ciclos de lecturas, talleres, congresos, está la Universidad. Vivir en una pequeña ciudad del sur de la Provincia es también parte de una elección; elegir, por ejemplo, el silencio y el horizonte.