Crónicas

Liliana Bodoc y el conjuro de Mendoza

Por Fernando G. Toledo

El autor de la nota va detrás de las huellas que dejó Mendoza en la vida y obra de Liliana Bodoc. Un sutil entramado de infancia y misterio, con el viento Zonda agitando la atmósfera y un último viaje a la tierra de los confines.


                                               «No importa los malabares que hagamos o cuán lejos situemos nuestra historia,
                                                siempre escribimos desde lo que somos y especialmente desde lo que nos falta»

                                                                                                                                                             (L. B.)

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Había que creerle a Liliana Bodoc cuando decía que desde chica sintió que nunca le alcanzaba la realidad. Pero de a poco fue dejando que la realidad se filtrara por sus palabras como una lluvia anhelada. En distintos tiempos, de distintos modos, Liliana dejó entrever a Mendoza en sus textos.  «Aunque las correspondencias entre mi vida y lo que escribo no sean tantas, esas correspondencias sí son profundas», nos había confesado.

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Se levanta el polvo como se levanta, metros más allá, esa mole gigante alrededor de la que todo orbita: la cementera Minetti. Las calles que la rodean son, no obstante, casi todas de tierra. A ese barrio lo habitan los empleados de la fábrica y sus familias. Está allí, en el centro de un lugar descentrado: Panquehua, núcleo fundacional del departamento mendocino de Las Heras. La década de 1960 va rumbo a su primera mitad. En esa parte del planeta, el paisaje tiene, al fondo de todo lo posible, unas montañas de piedra infinita llamadas “los Andes”. Delante de ellas, como un eco, se alzan las torres de la fábrica que muelen una piedra ya hecha finita, unos hornos que hacen más polvo el polvo. Y acá, más adelante aun, la estafeta postal frente a la que se detiene el colectivo de la línea 6.
El paisaje es tranquilo y de rituales predecibles. Sin embargo, ahora el colectivo arranca y en la vereda de la esquina se rompe la secuencia con algo inesperado: una niña (lacios cabellos negros, revueltos por el viento, irregulares sobre la frente) salta una vez. Y salta otra vez. Y una vez más. Como en un ritual secreto pero de pronto abierto a los ojos de los que van sobre el micro, la nena lanza un hechizo extraño: «pin pancuí» dice una vez. «Pin pancuí», dice otra vez. «Pin pancuí», una vez más. Ya el micro que va hacia el centro de Mendoza se aleja, pero el último pasajero alcanza a ver que la pequeña concluye allí su atropellada liturgia, para seguir haciendo lo que hacía antes: caminar entre el polvo, seguir en su excursión de tierra, cactus y piedra caliza.

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Esa niña comenzó de pronto con esos ritos. Sintió que el conjuro le nacía de las tripas, sin saber por qué, y debió ponerle palabras que tuvieran una música especial y que significaran algo, al menos para ella y su código privado. La nena de ojos oscuros había nacido en Santa Fe, en el invierno de 1958, tercera hija de un químico y una ama de casa. La llamaron Liliana Chiavetta. Junto al Paraná aprendió a hablar, pero el trato con el mundo comenzó en el desierto: antes de cumplir los cinco años, ella y su familia se mudaron a Mendoza. El padre, un ateo, de formación comunista y muy reputado en su profesión, había sido contratado por la renombrada cementera que iba a proveer de cimientos también a la nena, y no sólo hechos de concreto. 


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El sitio al que llegó Liliana era tan áspero y seco, como fascinante. Un barrio con pocos niños, pero que cualquier niño podría pedir como un deseo. Había calles tan solitarias que daba ganas de ponerles nombres nuevos y ella, que amaba usar las palabras, le buscaba los más hermosos que podían salirle. Había también amplios terrenos baldíos, espinos, cactus, tierra y piedras, muchas piedras acumuladas por todas partes que formaban montañas que, para Liliana y sus pocos amigos, eran igual que aquellas que más atrás vigilaban todo desde antes de que alguien fuera capaz de mirarlas.
 
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El sol parece ser más fuerte en Mendoza. En Panquehua, junto a una fábrica de cemento con hornos voraces, el sol se agiganta. Quizá por ello las sombras andan con disimulo, pero cuando llegan, cuando asientan sus siluetas junto a los cuerpos que las proyectan, son más oscuras que el interior de una piedra. A la nena de los conjuros la pisó una sombra un mediodía, al volver del colegio en el colectivo de la línea 61 ante el que había saltado tres veces, ante el que tres veces había dicho «pin pancuí» cuando lo vio aparecer. La sombra fue fugaz pero poderosa. Cuando llegó a casa y su madre le abrió la puerta, cuando su madre le dijo «pasá, no me siento bien», cuando su madre cayó al suelo escurriéndose por entre sus brazos y cerró los ojos como nunca, para siempre, la niña entendió que había una Sombra entre las sombras, más negra y veloz que cualquier otra. Lo que no entendió es que, muchas veces, el roce de la sombra hace que la sombra anide en el corazón para velarlo así, rápidamente, un día cualquiera.
 
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Liliana creció en esa familia ahora más pequeña y más desamparada a la que el padre debió apuntalar con la química del duelo disimulado, del esfuerzo doble, de la resignación. Liliana siguió entrando y saliendo de Panquehua, de la órbita del cemento y de las calles de tierra, a golpes de «pin pancuí». Cuando pasaron los años, cuando ya, incluso, Panquehua fue pasado reciente, y la Ciudad de Mendoza su lugar de residencia, Liliana Chiavetta sintió inquietudes irrefrenables y quiso reinventarse. Dejó la secundaria en cuarto año, partió hacia su lugar de nacimiento y se perdió por un par de años en aventuras sin destino. Hasta que volvió a Mendoza, allí donde aunque no hubiera nacido, se había fundado lo que era. Y fue tiempo de refundarse. Se cruzó con Jorge, se enamoró y se casó: todo ello en dos meses, todo ello para toda la vida. Para toda la vida, además, empezó a usar un nuevo nombre, más sonoro, acaso: Liliana Bodoc.


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Nacieron dos hijos y tras la primera crianza, se dio cuenta de que había algo que seguía fascinándola: la palabra. Esa fascinación –como la que le hacía saltar con un hechizo en la boca o bautizar las calles con nuevos nombres– la llevó a querer hacer de la palabra un objeto de estudio. Para eso, terminó primero la escuela secundaria. No era fácil aprobar en el Liceo Nacional de Señoritas que llevaba el nombre de un poeta insigne, Alfredo Bufano. No era fácil, además, ahora que ella se parecía tan poco a la chica que cursó hasta cuarto año en ese hermoso edificio de la calle Chile, con la plaza Independencia enfrente. Así que rindió libre y con el título secundario listo se encaminó hacia el parque San Martín. Una nueva aventura, tan distinta a las que de niña le deparaban las compactas tardes de Panquehua, junto a la cementera, la esperaba allí: la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo, donde podría aspirar a convertir en profesión eso que la apasionaba: las palabras. Las que leía o las que, en secreto y desde hace tanto, pronunciaba como un embrujo o escribía para sí misma.

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Liliana Bodoc ya no saltaba ante los colectivos cuando estos le pasaban por delante en la transitada calle Pedro Molina, de Mendoza, donde estaba el colegio Martín Zapata en el que ya enseñaba con pasión eso que la apasionaba. ¿Decía para sí de nuevo ese conjuro («pin pancuí…»)? Quizás no. Quizá lo había cambiado por otras obsesiones, como la simetría. O el cuidadoso, cuando no celoso, cultivo de sus hijos: celo en lo que leían, celo en si atendían sus recomendaciones. A ese celo le gustó poco sorprender a su hijo Galileo sumido en la lectura de un libro que ella no había propuesto: El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. «¿Qué estás leyendo?», le preguntó al chico. «Lo mejor que leí en mi vida», le contestó el pequeño. Por el enojo, azuzado por la curiosidad, leyó también ese libro. Y allí, acaso en un recreo, en la sala de profesores del Martín Zapata, Liliana Bodoc encontró una clave inesperada para abrir las jaulas de su propia escritura: la épica. A los 40 años, se convirtió en escritora. Lo hizo traduciendo a su propio idioma, a su propio influjo, al filtro de su propia infancia, a la sombra de sus propias sombras, una épica particular. Liliana Bodoc llevó su novela inicial (primera de la Saga de los confines) a ojos abiertos de amigos mendocinos, que la saludaron con elogios. Y la paseó por ojos cerrados de editoriales porteñas, que la despidieron con desinterés. Hasta que el azar, o acaso la suerte acumulada de tantos hechizos lanzados al aire, hizo que unos ojos se abrieran en el momento justo, en el primer párrafo, en esa fulgurante advertencia inicial («Y ocurrió hace tantas Edades que no queda de ella ni el eco del recuerdo»). Y en ese momento, una nueva literatura quedó fundada por ella, para dejar ecos nuevos en el recuerdo del futuro.

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En los 18 años que le siguieron a esa primera publicación (noviembre de 2000), Liliana trazó un largo hechizo conformado por novelas largas y breves, cuentos, historias para grandes o para chicos. Incluso poemas (la poesía era el hechizo en el que firmemente creía). Fue premiada, alabada, amada. Y, también, como había hecho en su adolescencia, salió de la Mendoza a la que llegó para instalarse junto al horno y al cemento. Primero eligió la furia de Buenos Aires, suponiendo que los compromisos profesionales se iban a llevar bien con el hecho de que ella estuviera sentada en el epicentro de las cosas. Pero no le fue soportable, así que cambió a lo contrario: a una casa en el Trapiche, San Luis, cerca del río, las piedras y el recuerdo de sus primeras vacaciones. Desde allí fue y volvió a Mendoza, donde estaban los cimientos, el portland de las palabras que tenía prestas para soltar al aire.
 
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En la literatura de Liliana Bodoc, Mendoza casi siempre está escondida. Es, antes que un paisaje, el polvo que flota como cuando, tras el viento Zonda, los cuartos asfixiados dejan ver al sol las motas que caen en una árida niebla. En los tres libros de la Saga, por ejemplo, no hay otro interés más que el de la construcción de un paisaje, unos personajes y un carácter tan minuciosamente diseñados que es difícil encontrar allí algo del lugar en que casi todos esos libros fueron escritos. En Memorias impuras, donde late otra épica (diferente, pero no menos intensa), sucede algo similar, aunque un ramalazo de su tierra se percibe cuando Liliana decide rebautizar los nombres de los meses del año y a «marzo» lo cambia por «Vendimia»: la épica más llevadera de la fiesta popular de Mendoza se deja ver. Mucho después de ello, cuando a la escritora le toque escribir el guion de la fiesta de 2015 (Postales de un oasis que late), le pondrá su caligrafía lírica a la celebración: «La vida, que ha estado refugiada en el misterio, regresa a recordarnos que hay tantos comienzos como madrugadas, que se puede nacer muchas veces. Gira que gira el círculo, y nos regresa al punto del florecimiento. ¡Contracara del gris! El año se complace en su gran serenata». En uno de los últimos libros –esa brevísima gema titulada Un mar para Emilia– la protagonista es una niña montañesa a la que la realidad le resulta insuficiente y quiere derribar esas montañas para hallar el mar. Como si de un salto desde Mendoza por sobre la cordillera, se quisiera llegar al Pacífico. En otra de sus mejores historias, El espejo africano (premio El Barco de Vapor, 2008), el objeto que anima las páginas se talla en un lugar de África, se instala en Valencia (España) y arriba finalmente a la Mendoza en la que un tal José de San Martín prepara la gesta en la que todo héroe argentino querrá mirarse.

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Pero será en el primer libro que Liliana Bodoc escribió fuera de La saga de los confines donde se permitirá hacer que la realidad se toque con sus ansias por excederla. En Diciembre, Súper Álbum estará resumida su manera de lidiar con lo que es y lo puede ser, con lo que se puede imaginar y lo que se entromete contra toda voluntad. Entre la ficción y la realidad se debatirá, además, la historia de uno de sus libros más brillantes: una novela en la que la ficción se desdobla en otra y en otra: se cuenta la historia de una historieta y de los que la escriben, hasta que en un punto los confines de una y otra se hacen difusos. Como en un juego magnífico, como en un conjuro que ha hecho efecto de pronto se dibuja el nombre de un pueblo llamado San Jerónimo que no es otro que la Panquehua de aquella nena de los 60 que iba a ser escritora: está allí la cementera, están las calles polvorientas, está el colectivo que se detiene y lleva y trae gente, está la muerte temprana e inesperada. En 2008, un animoso cineasta quiso retratar a Liliana Bodoc en un documental (La madre de los confines) que explorara, justamente, las huellas de Mendoza en la obra de esta autora. De vuelta al barrio Minetti y a la casa de su infancia en Panquehua, que ya no era la misma (el barrio estaba cuasi cercado, la cementera ya no funcionaba), la escritora pisó otra vez el umbral aquel en que su madre se abrazó con la Sombra aquella vez. Tocó, al entrar, la columna en que su madre se apoyó en su último suspiro y, de pronto, una pequeña piedra se desprendió y se escurrió también entre sus manos. Ese momento, pero también ese barrio y esa cementera reconstruida poéticamente en Diciembre, Súper Álbum, es acaso la mejor manera de entender la persistencia de un lugar en las palabras de una escritora.

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También hay otra manera de entender esa persistencia. A fines de 2017, Liliana Bodoc leyó desde su casa en Trapiche la invitación que la Secretaría de Cultura de Mendoza le hacía para viajar a Cuba, un lugar idealizado por ella y por su padre, con motivo de una Feria del Libro a la que iba a viajar en representación de la literatura de su provincia. Y hacia allá fue. Cuando volvió de la isla, el febrero de 2018 estaba declarado y pasar una noche en la ciudad del Liceo de Señoritas, de la Facultad de Filosofía y Letras, del colegio Martín Zapata, de la casa aquella en que se escribió la Saga de los confines, resultó el plan elegido antes de regresar a San Luis. Aquella vez, la Sombra no temía ser vista. No en Santa Fe, donde nació. No en Cuba, de donde venía. No en Trapiche, donde vivía. Fue en Mendoza. Allí, donde tantos conjuros lanzó, Liliana Bodoc (lacios cabellos negros, revueltos por el viento) dejó reposar su hechizo de palabras, por última vez.