Análisis

Nueva narrativa argentina: un panorama sub-30

Tienen menos de 30 años y asoman en el mapa literario del país con preocupaciones similares, signadas por la necesidad de explorar nuevos territorios. ¿Quiénes integran la nueva generación de narradores y narradoras de la Argentina? 


Por Osvaldo Aguirre



Un primer libro, la primera aparición de un texto en una revista o en una antología, pueden ser un buen motivo de arrepentimiento con el transcurso del tiempo. Pero también una revelación, un descubrimiento, la creación de algo que faltaba y resulta importante para los demás. Y no hay otra forma: publicar en papel o en la web, participar en un ciclo de lecturas, debatir en un taller literario, en la universidad o en las redes sociales, son los procedimientos con que los escritores comienzan a plantear sus obras, sus ideas, sus posicionamientos ante el mundo y ante la tradición literaria. Una nueva generación de narradores, los que tienen menos de 30 años, asoma así en el horizonte de la literatura argentina, en un movimiento disperso en el espacio y en las editoriales, pero que reconoce aspectos y preocupaciones en común.

“Destaco el impulso de exploración que tienen los jóvenes escritores. Generalmente no tienen miedo a arriesgar y a proponer nuevas estructuras o enfoques en la creación de las historias”, dice Martín Maigua. El editor del sello cordobés Nudista menciona a Mario Flores (Tartagal, Salta, 1991), Julián González y Agustín Ducanto (Río Cuarto, 1990). “Todos ellos parecieran trabajar su narrativa desde intereses distintos, pero con un común denominador: la apuesta por crear historias sólidas. En muchos casos el interés también pasa por incluir elementos fantásticos y de ciencia ficción en sus relatos”, agrega.

Agustín Ducanto (Río Cuarto, Provincia de Córdoba)


Denis Fernández, destaca precisamente “una nueva mirada sobre la ciencia ficción” en los autores más jóvenes. “Están analizando conceptos que parecían arcaicos. Y se interesan en formas narrativas más complejas. También noto una preocupación por lo ancestral, por temáticas que ponen el foco en las raíces sagradas, las plantas curativas, los procesos naturales”, dice el autor de la novela Cero Gauss (2017) y editor de Marciana Ediciones (Buenos Aires).

“La juventud es un criterio muy amplio para pensar una generalización -opina Blas Rivadeneira, narrador y autor de un libro de ensayo sobre el escritor uruguayo Mario Levrero. Sin embargo, dentro de lo variadas de las propuestas que uno puede leer, por ejemplo, en la antología Raros peinados nuevos (editada el año pasado por Eterna Cadencia con los autores seleccionados por la Bienal de Arte Joven) o en los narradores jóvenes tucumanos con los que tengo contacto, hay algunas marcas como la preferencia por el relato urbano, dinámico, con un registro no muy alto e irónico”.

El espacio urbano -entendido “como una matriz productora de relatos alejada de la lógica paisajística y del color local”- es el eje de GPS: escritores cuentan la ciudad, una antología que Rivadeneira prepara con Arantxa Laise para EDUNT, la editorial de la Universidad Nacional de Tucumán. Los autores sub 30 tienen un lugar ganado en el libro: “Diego Font (1991) se inclina por construir una máquina narrativa de imaginación desbordante donde es evidente la influencia de Aira y Levrero; Valentín Monroy pretende (re)construir un imaginario (y una voz) adolescente en relatos iniciáticos; Gabriela Molina y Luciana Lázaro optan por la extrañeza de lo cotidiano con personajes mínimos de zonas periféricas; Ezequiel Nacusse (1990) -que además es poeta- da cuenta de una precisión propia de la poesía en la elección de las palabras en el armado de universos con lógicas propias”.

Ezequiel Nacusse (San Miguel de Tucumán, Provincia de Tucumán)


Denis Fernández y Martín Maigua coinciden también en señalar que los nuevos escritores tienen una relación amistosa con los mayores. “Ojalá nunca dejemos de lado a los clásicos. Son nuestra fuente de inspiración”, dice el editor de Marciana. Para su colega de Nudista, “de manera inteligente leen a los mayores y eso no los condiciona, porque se manejan libremente en su escritura”.

Sin embargo, “tal vez este sea el momento de modificar a los/las clásicas y darle lugar a otros, ¿no?”, se plantea Denis Fernández. Hay en particular de revalorización de las escritoras, dice, un canon heterogéneo donde reúne a Samantha Schweblin, Marosa Di Giorgio, Silvina Ocampo, Sara Gallardo y Griselda Gambaro. “Las genealogías pueden armarse tanto con un Carver como con un Levrero, obviando quizá la tradición más cercana en el tiempo o en el espacio -señala Rivadeneira-. Los talleres literarios, muy frecuentados por los jóvenes, son un espacio de contacto con lecturas y autores que explican un poco este posicionamiento y esta amplitud”.

Tradición y ruptura

Julieta Novelli (La Plata, 1991), escritora y actriz, reconoce una referencia importante en Fernanda Laguna. “Llegué a ella porque un amigo –Diego Vdovichenko- me dijo, hablando de lo que yo subía a Facebook o leía en algunas lecturas de poesía, que a veces no sabía si me hacía la boluda –sin un mote peyorativo- y me habló de la contratapa de Alejandra Rubio a Control o no control de Laguna. En el siguiente viaje en micro me lo trajo y empezamos a leerlo”.

Novelli acaba de publicar Volver para mí (Pixel), un libro extraño y potente que cruza el formato de la novela con el del diario íntimo y es también, a su modo, una especie de obra reunida, la de los comienzos de una escritora. “Es un diario porque tiene entradas fechadas, puede ser una novela porque arma un poco sistema: personajes, hechos que reaparecen. Los textos que reúne no fueron pensados en sistema”, cuenta.

Mario Flores publicó este año Hikaru, novela corta que obtuvo una mención el año pasado en el concurso Bienal de Novela Breve del Consejo Federal de Inversiones. “Quería escribir sobre la relación entre los hijos de antes y los hijos de ahora, y sobre cómo enfrentamos la idea de que todas nuestras relaciones afectivas vienen con fecha de vencimiento, más aún la de los hijos -dice-. Al mismo tiempo está relacionada con el mundo del manga y el animé: esa cultura nos enseñó a narrar a quienes veíamos televisión en los 90: nos otorgaba un marco, un universo narrativo visual, una forma de entender el mundo”.

El escritor Mario Flores (Tartagal, Provincia de Salta), recibiendo la Mención Federal de Letras 2017 del Consejo Federal de Inversiones (CFI)


Nacido en Venado Tuerto, Santa Fe, y radicado en Rosario, Lucas Paulinovich (1991) escribió los cuentos de Pampa húmeda (Casagrande), también de reciente edición, como una especie de exploración de aspectos oscuros de la vida corriente. “Desde el mito del venadito que dio nombre a la ciudad, que se da vuelta y ya no es más el animalito manso al servicio de los soldados del fortín, sino una bestia espectral que habita los montes y amenaza, hasta las participaciones y complicidades de los que siguieron su vida mientras se desaparecía gente, una capa sensible, sutil y rutinaria, de la violencia bastante poco indagada”, señala.

La propuesta no está muy lejana del interés que plantea Mario Flores por la indagación de situaciones límites desapercibidas bajo la cotidianeidad, como él señala: “contar algo que revele lo bestial dentro de lo rutinario”. Una forma de revelación, y también de experiencia vital, dice Julieta Novelli: “La escritura me hace pensar, me conmueve, me da risa. Creo que ese es el mayor interés que tengo como escritora: escribir me hace pensar las cosas, las personas, los mundos, los imaginarios”.

Lo mejor de todo, agrega Novelli, “es que, después de escribir, algo más existe, esa escena, esa persona, a veces solo una frase existe y hace que valga la pena el resto del texto, porque contiene ese algo que antes no estaba y, de alguna manera, ahora sí”.

Los premios

Los concursos literarios son un espacio tradicional de promoción de nuevos autores. Entre los más recientes, puede destacarse la convocatoria de narradores menores de 32 años que realizó en 2017 la Bienal de Arte Joven y que derivó en la antología Raros peinados nuevos, publicada por Eterna Cadencia.

“En términos generales, me quedó una muy buena impresión del material presentado por las y los participantes -cuenta Laura Wittner, quien participó del jurado del concurso-. Me sorprendió la variedad de edades y que en casi todos los casos se tratara de textos muy cuidados, prolijos, corregidos. Y me sorprendió también cierta tendencia al relato tradicional: muchos de los textos estaban bastante apegados a la estructura y el lenguaje del cuento clásico, y demostraban un muy buen manejo de las herramientas necesarias para desarrollarlo”.

La escritora Selva Almada, después de su experiencia como jurado del premio Ficciones para narradores menores de 30 años, organizado por el Ministerio de Cultura de la Nación el año pasado, hace una observación coincidente: “No diría que noté algo generacional que los distinguiera; quizá temáticamente, pero eso es lo menos interesante siempre, al menos para mí. Formalmente no me pareció que hubiera una ruptura”, dice.

Una excepción fue Nadie vive tan cerca de nadie, el libro de Tamara Tenembaum (Buenos Aires, 1989) que ganó el concurso. “Es muy buena escritora y hay madurez en su escritura, hay un proyecto, no son cuentos escritos al azar o reunidos al azar -destaca Almada-: esto es algo bastante habitual en los concursos que premian un libro de cuentos, que haya un rejunte de relatos y no un libro que haya sido pensado como tal. Así que encontrar que había una idea clara en Tenenbaum para mí fue algo que inmediatamente sumó puntos. También me gustaban sus relatos más largos, la manera en que parecían ir diluyéndose hacia el final”. El jurado recomendó además la publicación de El tiempo muerto, de Julia Kornberg (Buenos Aires, 1996).

Tamara Tenembaum (Ciudad Autónoma de Buenos Aires)


Blas Rivadeneira resalta la diversidad en la antología Raros peinados nuevos. “Hay relatos como Criatura la, de Santiago Molina Cueli (CABA, 1990), más preocupados por la invención de una lengua, o más metaliterarios como mi cuento Taller Literario, aunque recurren mucho al humor en relación con el ejercicio de ese tipo de distanciamientos sacándole solemnidad; en general el espesor de la mayoría de los relatos del libro está en el desarrollo de la anécdota y los personajes, en algunos casos como en Leandra, de Juan Gabriel Miño (Buenos Aires, 1989), la voz está muy bien construida, en un tono inquietante”.

En Rosario, la Editorial Municipal introdujo en 2014 la categoría sub 21 para el concurso de narrativa Manuel Musto. Los ganadores de la primera edición fueron Sofía Gorini (1997), con Prisión Brooke; y Manuel Díaz (1993), con Milton. Entre las menciones, Delfina Verón publicó la novela Jazmín en formato de epub. En Mendoza, la edición 2016 del premio Vendimia reveló a una nueva escritora, Ika Fonseca (1987) con los cuentos de Pulpa.

Ika Fonseca (Provincia de Mendoza)


No sé qué escribo, pero lo escribo ya

Algunos de los narradores sub 30, parecen discurrir entre los géneros con total naturalidad. Juan Solá (La Paz, Entre Ríos, 1989) escribe en La Chaco -novela que agotó dos ediciones- una peripecia de la identidad trans, siguiendo el recorrido de Ximena, una travesti chaqueña que viaja a Buenos Aires. Ariel Aguirre (Santa Fe, 1991) tiene ya una obra en cuento, Weekend (Premio Municipal de Santa Fe 2016) y poesía -Las cuerdas que nos sostienen- y codirige el taller literario La Chochán. Juan José Guerra (Bahía Blanca, 1989) publicó en antologías colectivas, pero prefiere señalar un comienzo en Los patos, un cuento que publica en la revisa Präuse.

Julieta Novelli escribe indistintamente poesía y narrativa. “No sé lo que escribo -dice-. Ahora empecé a escribir en versos y me resulta más fácil pensar esos textos como poesía, pero cuando escribo en prosa, la mayoría de los textos, no podría definir qué son y eso me gusta. Esta incertidumbre tiene que ver también con mi trabajo como actriz, me gustan esas voces que uno no sabe bien qué son, qué les pasa, esas escenas que uno no puede cerrar, que tampoco son la nada, están en el medio, no subrayan nada, me inquietan. Lo mismo me pasa con la escritura”.

Julieta Novelli (Provincia de Buenos Aires)


Para ella la actuación también fue un buen recurso para escribir. “Como actriz me formé entre otros con Nora Moseinco, cuyo método de trabajo consiste en trabajar con lo que cada uno trae y armar algo con eso desde la improvisación y el encuentro de ese material con el resto, y con ella como docente, a veces fragmentado, a veces más armado -cuenta Novelli-. Me iba muy llena de imágenes y escribía ideas o frases en el subte. Cuando dejé de entrenar mi cuerpo y mi cabeza necesitaban ese ejercicio, y entonces empecé en mi cuarto, hablando frente a la compu, pensando en posibles consignas que Nora daba en sus clases. Borraba, rearmaba, y así salieron los primeros textos”.

Los nuevos narradores son, en primer lugar, nuevos lectores. “Cuando terminé la secundaria entendí que leer era la puerta para estar en contacto con muchas historias. Me gusta observar las maneras de contar, las diferentes formas de utilizar el lenguaje para crear un relato. Cuando comencé a encontrarme con esas historias, la lectura provocó una fascinación en mí sin precedentes. He leído poco, pero en este corto trecho me inclino absolutamente por los autores que utilizan el lenguaje oral, el lenguaje de la gente, el lenguaje de los pueblos. Tres tipos que para mí han sido formativos en este sentido son: Roberto Fontanarrosa, Roberto Arlt y Rodolfo Walsh”, dice Yamil Al Nayar (1992) estudiante en la Universidad Nacional de Cuyo y autor en la revista Trifulca (http://uncachodeliteratura.blogspot.com/p/yamil.html). Entre sus autores favoritos, Novelli menciona a Romina Paula, Laura Wittner, Fabián Casas. Mario Flores, en cambio, elige a su coterráneo Fabio Martínez, a Julieta Antonelli, Daniel Medina, Francisco Bitar y Fernanda Mugica. 

Lucas Paulinovich dice que está en proceso de formación y aprendizaje, “como para identificarme con un estilo o un programa de escritura, pero sí hay autores que me marcaron profundamente” y en un arco muy amplio de gustos e intereses destaca la narrativa de Mariana Enriquez, Gabriela Cabezón Cámara “y fundamentalmente Roger Pla: creo que si alguna vez llego a escribir la mitad de algo como Intemperie, me puedo dar por satisfecho”, además de autores rosarinos como Pablo Bigliardi, Javier Núñez y Marcelo Britos y outsiders como Jorge Asís. “Pero, como siempre que se nombra, lo central seguro queda afuera”, aclara.

Lucas Paulinovich (Venado Tuerto, Provincia de Santa Fe)


Donde termina Buenos Aires

Cuando se trata de definir las complicaciones y posibilidades que existen para un escritor o escritora que no vive en Buenos Aires, el salteño Mario Flores señala que: “La distribución es la pata floja de la edición independiente, es algo sabido: eso se intensifica más cuando la obra proviene de las provincias alejadas a las grandes urbes. Más aún, cuando se es de una ciudad no capital (como es mi caso) los libros no llegan o tardan en llegar, o no siempre se presentan adecuadamente, eso hace difícil el diálogo autor-lector. Otro inconveniente es que en las pequeñas sociedades feudales del Norte se hallan círculos cerrados donde los nombres autorizados a “ser” escritores son sólo unos pocos. Eso merma las posibilidades de difundir lo que hacés, pasa incluso con grupos de escritores y escritoras jóvenes también. Es una especie de autoostracismo, me parece. Las posibilidades menos aciagas tienen que ver con los encuentros, que generalmente se dan en ferias, festivales y residencias con otros poetas: te da la posibilidad de viajar a puntos del país que no imaginabas, traer a casa libros que de otra forma son inconseguibles y, por supuesto, coincidir y trabajar en conjunto con otra gente que hace lo suyo. Nunca he “representado” a mi provincia o ciudad a modo de escritor ejemplar: no es la posición que busco para mi literatura, pero siempre que aterrizás y llegás a otro lugar sabiendo que es porque te leyeron y porque algo hiciste bien, te das cuenta de esa otra cara que tiene el vivir lejos. No tenemos las mismas herramientas y espacios que en una ciudad capital, pero está bueno compartir, aprender y regresar para ponerlo en práctica en el pueblo. Es un adorable escándalo”.

Por su parte, el venadense Lucas Paulinovich opina: “Para los que no estamos en Buenos Aires siempre hay un problema mayor porque es indudable la concentración de medios y recursos, y todas las fuerzas que tienden a arrastrarlo todo hacia la visibilización desde allá. Parecería que siempre nos falta algo y eso está relacionado con el déficit de atención sobre la realidad que se vive en las provincias. A pesar que Rosario es una ciudad muy grande y en muchos casos muy autorreferencial, en la literatura no termina de conformarse como un polo de producción con una dinámica propia. Muchas veces discutimos con amigos si lo que falta es un gran texto que abra este otro escenario, o las condiciones materiales para que esos textos emerjan y se posicionen. Creo que hay una combinación de ambos factores. Una de las conclusiones a las que arribamos es que hay tanto para hacer en lo que se refiere a la escritura, como con la lectura, el problema de –nosotros- los lectores. Esas redes de a poco se van gestando y eso lleva a que cada vez haya más y mejores materiales, que se vaya armando una conversación en torno a la literatura rosarina”.

Los libros que vendrán

Nicolás Rosa decía que se hacen revistas literarias mientras no se pueden publicar libros. El lado positivo de la ironía sería que las revistas anticipan los libros del futuro. Quizá las obras que leamos dentro de poco estén en las páginas virtuales de Vómito (http://revistavomito.com/), que precisamente se propone “hacer visible lo invisible”, Präuse (https://www.revistaprause.com), una “turba iracunda”, Trifulca (https://revistatrifulca.wordpress.com/), revista que puede descargarse en epub, pdf y leerse en la web y en papel, entre otras revistas, o El Corán y el Termotanque (http://coranytermotanque.com).

Aunque a esta altura la influencia de lo digital parezca una obviedad, es interesante señalar lo incorporado que se encuentra en los procedimientos de escritura. Por ejemplo, los textos de Julieta Novelli surgieron como ideas sueltas que ella subía a Facebook. Sofía Gorini publica en Wattapd, una aplicación cuyos usuarios comparten artículos, relatos, poemas sobre temas diversos. 

“Aprovechar las herramientas virtuales es una faceta más -destaca Mario Flores-. Algo que me gusta implementar para difundir lo que hago es dejar disponibles para lectura y descarga gratuita algunos libros anteriores que ya no se encuentran en físico, reseñar libros que me interesan en mi blog y realizar lecturas vía transmisión en vivo. Cualquier dispositivo que ayude a acortar la distancia entre el libro y el lector sirve muchísimo”.

Denis Fernández señala el retorno a los blogs, goodreads -una red social para lectores-, los foros. “Instagram, aunque suene banal, es un medio importante de difusión. Ahí se ve un flujo de información que carece de crítica, pero que pone al lector en evidencia frente a los libros. Alguien saca un libro nuevo y enseguida suben una foto bella y estética de la tapa. Eso me parece tierno y gratificante”, dice.

No obstante, “a veces encuentro textos copados en las redes, pero solo funcionan ahí, en la inmediatez de una publicación -agrega el editor de Marciana-. Para armar un libro se necesita otra cosa, otro laburo de edición, de estructura”. Blas Rivadeneira -también organizador del Festival Internacional de Literatura de Tucumán- piensa que el texto en papel mantiene su centralidad ante cualquier otro formato: “la explosión de editoriales y la autogestión es notoriamente mayor ahora que a principios del 2000 cuando fue el fenómeno del blog. También las lecturas públicas y las ferias son instancias importantes de difusión”.

Hay nuevos escritores y hay también nuevos editores, y ambos roles van muchas veces a la par en los sellos alternativos. “Me gusta descubrir nuevas voces todo el tiempo -dice Martín Maigua-. Estoy muy contento de haber publicado en Nudista a varios autores jóvenes, pero a modo de ejemplo destaco a Salvador Marinaro (Salta, 1988), Claudio Rojo Cesca (Santiago del Estero, 1984) y Juan Revol (Córdoba, 1993), quienes ya tienen una obra consolidada y un futuro todavía más prometedor”. 

Denis Fernández, por su parte, se define como un editor clásico, en el sentido de esperar “manuscritos concretos”. El scouting tiene un sentido preciso: “busco autores y autoras que tengan novelas o libros de cuentos armados; editar se edita siempre, así el texto sea espectacular”. 

El catálogo de la nueva narrativa está en construcción.