Análisis

Un largo renglón de agua. El Paraná en la literatura argentina

Exploradores, navegantes, jinetes, guerreros, estadistas, geógrafos, historiadores, poetas líricos y épicos, cantores populares, narradores del realismo crítico, estoicos, hedonistas, conservadores, vanguardistas han escrito sobre él. Puede armarse una biblioteca con crónicas, cuentos, novelas, poemas y canciones referidas a este hermano del mar. Tal biblioteca no habla sólo de corrientes marrones o plateadas por sol o luna, sino que refiere a la humanidad. 


Por Fabiana di Luca y J. B. Duizeide

Una de las citas más conocidas de Borges postula que puede pensarse la historia de la literatura como la historia de la diversa entonación de unas pocas metáforas. La del río como cifra del tiempo y de la existencia humana es una de ellas. Podemos ubicar sus fuentes en la literatura, la filosofía y la mitología griegas y romanas de la antigüedad así como en la Biblia. Muchos ríos tuvieron desde allí un recorrido que cruza  los siglos y llega al presente: el Leteo, cuyas aguas hacen perder la memoria para que las almas puedan reencarnar; el Aqueronte, por el que sólo puede pasar sin hundirse la barca de Caronte cargada con las almas de los muertos rumbo al Hades. Y ya es un lugar común la sentencia de Heráclito de Efeso según la cual “nunca nos bañamos dos veces en un mismo río”. No son pocos los ríos que surcan la Biblia: el Tigris y el Eufrates entre los cuales estaría el jardín del Edén; los ríos de Babilonia junto a los cuales lloraban los exiliados acordándose de Sion; el Jordán que se abre para dejar paso a los peregrinos. Todos esos ríos –cuyas aguas, puras o enturbiadas, llegaron en las alforjas de los conquistadores europeos- confluyen en el Paraná junto a las leyendas de las etnias originarias y el posterior aporte de variadas corrientes inmigratorias. Su pureza es el mestizaje de aguas y palabras.

El 1° de diciembre de 1531, ante el esplendor que sitiaba a su expedición, el navegante lusitano Pedro Lopes de Souza anotó en la bitácora: “todos estaban espantados de la belleza de la tierra, y andábamos todos tan pasmados que no nos acordábamos de volver”. Coincidía, sin saberlo, con los habitantes originarios de nuestra región litoral, para quienes por la confluencia de los ríos de La Plata, Paraná y Uruguay -según sus nomenclaturas actuales- se encontraba la tierra sin mal.


Del génesis a la revelación

Algunas de las mejores imágenes literarias en torno al viaje por agua escritas en castellano figuran al inicio de El entenado (1983), de Juan José Saer: “Las naves, una detrás de otra a distancia regular, parecían atravesar, lentas, el vacío de una inmensa esfera azulada que de noche se volvía negra, acribillada en la altura de puntos luminosos. No se veía un pez, un pájaro, una nube. Todo el mundo conocido reposaba sobre nuestros recuerdos”. En ese inicio, que narra el cruce del Atlántico, la llegada al Río de La Plata y el ascenso por el Paraná, no hay imprecisión geográfica, sino una alquimia de tiempo y espacio que resulta especialmente adecuada a la perspectiva del narrador protagonista: un viejo que rememora una travesía realizada hace años, cuando era un niño asombrado por ese mundo que se iba abriendo, que se iba creando, ante la proa del barco.

El entenado está basada en unas pocas líneas de la Historia Argentina de José Busaniche, gracias a las cuales Saer se enteró de que el huérfano Francisco del Puerto, grumete de la expedición de Solís, fue tomado prisionero por indígenas y vivió con ellos una década, hasta que la expedición de Gaboto lo rescató. El entenado resulta contemporánea del ensayo Indios, ejército y frontera, escrito por David Viñas hacia 1979, en el exilio, mientras la dictadura celebraba el genocidio roquista y se auto celebraba como perpetradora de otro genocidio. La solución final para el problema del indio es analizada allí por Viñas a partir de una serie de discursos -administrativos, periodísticos, militares, literarios-, a su vez releída en el marco de esa coyuntura. También Saer discute en El entenado con la versión triunfal(ista) de la historia argentina. Sus indígenas, lejos de ser salvajes son la civilización en ese lugar junto al río Paraná. También El entenado da cuenta de un genocidio: rápidamente desaparece la etnia que cobijó al descastado europeo, y tanta conciencia de ello tienen quienes van a desaparecer, que le dejan a él, como legado, contar. Y el relato de ese europeo -que funda imaginariamente la literatura americana escrita en castellano- destroza el lugar común que pinta a los europeos extrañados por la profusión americana y considera a los habitantes de América mera parte de esa profusión, como los ríos, las selvas o las fieras. En El entenado la extrañeza ante lo real es común a todos los humanos y puede por tanto ser una base de la solidaridad entre ellos.

Gentileza Secretaría de Turismo de Entre Ríos


Viajeros

En un provocador ensayo incluido en Para una revisión de las letras argentinas, Ezequiel Martínez Estrada afirma que la literatura argentina nace en el siglo XIX con los cielitos y diálogos patrióticos, la gauchesca y los relatos de los viajeros ingleses. Puede extrapolarse tal hipótesis –que hoy resulta menos escandalosa- y señalar que los viajeros europeos fundaron la imagen literaria del Paraná.  Carlos Gamerro, en Facundo o Martín Fierro, plantea –siguiendo los lineamientos de Martínez Estrada pero con mayor especificidad- que fue alguien que escribía en inglés quien fundó el paisaje como dispositivo retórico en nuestra literatura: William Henry Hudson, particularmente en sus libros referidos a la llanura, como Allá lejos y hace tiempo. ¿Hubo un aporte análogo en cuanto al río Paraná por parte de Ulrico Schmidl, Florian Paucke, Felix de Azara, D´Orbigny, Lina Beck Bernard o Robert Burton? En principio debe pensarse la circulación que pudieran tener esos textos para influir sobre la literatura: sus traducciones, sus ediciones, quiénes podían leerlo en el idioma original. Además, dado el distinto carácter de las expediciones y viajes que originaron los textos aludidos, diverso es su énfasis en lo geográfico, lo histórico, lo legendario, lo político, lo económico. No se trata de textos inicialmente literarios, como los de Hudson, sino de escrituras híbridas, más o menos recuperables por la literatura. Aunque  muchas veces, incluso sin intención, irrumpen poéticamente. Es el caso, por ejemplo, del relato que hace la viajera alsaciana Lina Beck Bernard –siglo XIX- del canto que escucha en medio del río, a cargo de un inmigrante italiano con nostalgia por su tierra. O un siglo antes, algunas derivas del jesuita austríaco Florian Paucke.

Con Domingo Faustino Sarmiento se puede concluir la serie iniciada por el mercenario alemán Ulrico Schmidl, integrante de la expedición de Pedro de Mendoza que, en 1567, publicó su relato de la colonización de la zona del Paraná en la que permaneció dos décadas. Se trata de dos miradas de guerrero, de conquistador. En Campaña en el Ejército Grande (1852), el sanjuanino da cuenta de su participación en las tropas comandadas por Urquiza para pelear contra Rosas. Por momentos, el político positivista que era cedía al escritor romántico que también era, y entonces brotan pasajes como éste: “en el laberinto de las islas andaban hacía dos días seiscientos hombres perdidos, sin carne, sin baqueanos, dispersos, por escuadrones, en busca del rastro de quienes los habían precedido, única orden dejada por el General en Jefe, rastro que cayendo sobre arena, o malezas tupidas, no habían podido encontrar. Era, pues, urgentísimo, mandar carne a estos cuerpos, y veinte baqueanos, lo menos, para que reuniesen las divisiones dispersas, extraviadas, y quizá acampadas, desesperando salir del atolladero. No había baqueanos; todos los había llevado el General consigo: ¿Para qué? Para nada. La cosa se remedió como se pudo, pues ya las divisiones se iban empujando unas a otras. Murieron algunos soldados ahogados y otros picados por las rayas, pescado o demonio enterrado en el fango, armado de espinas venenosas en la cola”.


Mensú

Contra la versión iluminista según la cual a medida que los exploradores europeos remontan los ríos, descienden más y más a la barbarie, podemos pensar que esos exploradores llevan consigo una nueva forma de barbarie: aquella asociada al capitalismo. Un gran cuento de Joseph Conrad que transcurre en una factoría de marfil junto al río Congo lo plantea así desde su irónico título: “Una avanzada del progreso”. Toda la llamada Crónica de Indias, si bien de manera lateral, va dando cuenta de los efectos de la llegada del “inevitable hombre blanco” (en este caso un título de Jack London referido a los anglosajones en el Pacífico). Ya a principios del siglo XX, en los textos del anarquista español Rafael Barret aparece como asunto la explotación despiadada de los trabajadores en los yerbales del alto Paraná. Barret, cuya producción es tan asistemática como inclasificable, es un autor de algún modo compartido por Argentina, Uruguay y Paraguay, elogiado por Borges, por Ariel Rodó y por Roa Bastos, quien sostuvo: “nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy; nos introdujo vertiginosamente en la luz rasante y al mismo tiempo nebulosa, casi fantasmagórica, de la realidad que delira de sus mitos y contramitos históricos, sociales y culturales”. Un cuadro que se completa en buena parte de la obra del inmenso cuentista Horacio Quiroga, sobre todo en las piezas incluidas en Los desterrados (1926), un compendio de trabajos, desgracias y delirios de los habitantes del Alto Paraná. Su contracara es Cuentos de la selva (1918), que está basado en Libro de la selva de Rudyard Kipling, uno de sus maestros, pero mientras ese modelo se aferra a lo narrativo, Quiroga incursiona en lo legendario y lo poético.

Como una cámara que fuese bajando en un lento travelling por el río, la vida de los mensú –llamados así por cobrar mensualmente por su trabajo- fue reapareciendo  en diversos textos. Quizás el más notable sea El río oscuro (1943), del escritor comunista Alfredo Varela. Temprana prueba del efecto de la escritura del estadounidense William Faulkner sobre la escritura en castellano. Varela entrevera con audacia la historia, el periodismo de denuncia, el ensayo, el guión cinematográfico, alterna tres líneas narrativas: la historia de la codicia de los conquistadores por los minerales preciosos que muta en fiebre por el oro verde, testimonios de los mensú, la historia del protagonista que llega a la zona a emplearse en un yerbatal. La novela está atenta al lenguaje de los mensú que mixtura el castellano con el guaraní y el portugués. Del mismo año es Los isleros, novela de Ernesto Castro que a partir de la historia de una pareja –la Carancha y Leandro- aborda las dificultades de la existencia en la zona, incluida la tragedia de las inundaciones. Ambas novelas fueron  llevadas al cine: Los isleros, dirigida por Lucas Demare, incluye una actuación memorable de Tita Merello; la adaptación de Río oscuro al cine, a cargo de Hugo del Carril, llevó como título Las aguas bajan turbias, sus créditos omitían al autor de la novela, por entonces preso a causa de su militancia. Además, por indicación del entonces presidente Perón, en la película se aclaraba que hechos como los narrados habían ocurrido mucho tiempo atrás.

El entrerriano Juan José Manauta es autor de varios cuentos ambientados en zonas aledañas al Paraná notables por la forma en que se articulan lo narrativo, los mitos y lo poético: “El tigre”, “Cecilio”, “Aquelarre”, “El Tente”, “El llorador”, “El llevador de almas”. Por la zona de las islas de Ibicuy se estableció por unos años cincuenta el aventurero, narrador, historiador y militante Liborio Justo, quien con el seudónimo Lobodón Garra publicó Río abajo (1955), una serie de crónicas y relatos en las que define la región como un lugar donde van a parar “los náufragos del mundo”.

Con unos treinta años de diferencia, dos grandes periodistas y escritores narraron en una serie de crónicas el Paraná y sus ciudades aledañas. Roberto Arlt lo hizo para el diario El Mundo, Rodolfo Walsh –junto al fotógrafo Pablo Alonso- para la revista Panorama. A diferencia de sus textos dedicados al Delta –en los que logra identificar los problemas de los habitantes, de los cuales destaca la inventiva, la capacidad para adaptarse, en definitiva el grado de civilización en un entorno hostil-, Roberto Arlt se abruma en su viaje río arriba con el calor, el atraso, la pobreza. Y aunque no se resienta el poder de su prosa, las ideas expresadas no se alejan del dilema civilización – barbarie en sus versiones más elementales. En cambio Rodolfo Walsh logra una empatía con los ámbitos, las personas y sus lenguajes que a medio siglo de publicación siguen conmoviendo, siguen invitando a pensar. Textos que fueron escritos para una publicación periódica logran así instalarse en lo mejor de nuestra literatura: “San la Muerte”, “Viaje al fondo de los fantasmas”, “El expreso de la siesta”, y sobre todo “La isla de los resucitados”, que narra los avatares de la Isla del Cerrito, en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, y logra convertirla en metáfora del país.

El narrador y crítico Ricardo Piglia ha señalado a Río de las congojas (1981), de Libertad Demitrópulos, como una de las mejores novelas argentinas en torno a la conquista (junto a Zama de Antonio di Benedetto, y El entenado de Juan José Saer). En ella se cruzan de manera barroca la naturaleza, la historia y las luchas por el poder, con especial presencia de las voces negadas por la historia oficial: mujeres, segundones, esclavos. Un relato válido por sus propias peripecias pero que a la vez funciona en clave como referencia a nuestra historia reciente: “¿Y el río? ¿Qué fue del río? Eso es lo que nos quitaron. El río fue para los otros. Para nosotros las congojas y desabrimientos”.


Poetas

Tal vez sea el Paraná el río más visitado por la poesía argentina. “Augusto Paraná, sagrado río / primogénito ilustre del océano,/ que en el carro de nácar refulgente, / tirado de caimanes, recamados / de verde y  oro, vas de clima en clima, / de región en región, vertiendo franco, / suave verdor y pródiga abundancia, /tan grato al portugués como al hispano” propone la Oda al Paraná de José Manuel de Lavarden. David Viñas lee de manera suspicaz a este poeta neoclásico, entiende su texto como loa a la apertura comercial de los ríos dado que él mismo era comerciante, incluso de esclavos.

Un siglo después quien escribe es Juanele Ortiz, con meandros y remansos que esta página no alcanza a emular: “No sé nada... / O sé, apenas, que el guaraní te / asimiló / al mar de su maravilla... / y que ese puma de tu piel que te devuelve, intermitentemente, / el día /lo tomas en un rodeo, ¿no?,  de tu destino. . .”.

“¡Oh, dulce Paraná! Flor, río, padre de islas y largas costas, / enaltecido por los ancianos bardos de mi país, / ciego en tu eternidad, acaricias tus ciudades /como a una inmensa piel abandonada” escribe Rodolfo Molinari en Oda a los grandes ríos de mi país.

José Pedroni, en un dolorido poema, establece la relación entre la extinción de los pueblos originarios y la colonización de las tierras linderas al Paraná: “Quien ordenó la carga del arado /ordenaba tu muerte el mismo día (…) a lo largo del río voy callado. // La culpa de tu muerte es culpa mía. /Indio, dime que soy tu perdonado /por el trigo inocente que nacía”.

El río y sus zonas aledañas también fueron lugar de recepción de exiliados: el poeta español Rafael Alberti, notorio republicano que se refugió tras la derrota en la Guerra Civil Española, dedicó todo un volumen a su estadía en la zona: Baladas y canciones del Paraná (1953). Allí se lee: “Perdido está el andaluz /  del otro lado del río. /-Río, tú que lo conoces: /¿quién es y por qué se vino? /Vería los olivares / cerca tal vez de otro río. / -Río, tú que lo conoces: / ¿qué hace siempre junto al río? / Vería el odio, la guerra, / cerca tal vez de otro río. / -Río, tú que lo conoces: / ¿qué hace solo junto al río?”.

Guillermina Weill da cuenta de otro tipo de exilio en un extraordinario libro que es a la vez celebración del paisaje de los Bajos del temor, de la diferencia, y de la disidencia incluso, y despedida a la amada: Andá nomás (2015).

Existe además todo un acervo de poetas populares que han escrito al Paraná. Algunas de sus producciones fueron recopiladas por Marisa Negri y Matías Barutta. También el cancionero ha privilegiado al Paraná. A las canciones tradicionales anónimas se suman las creadas por autores como Ramón Ayala –“El mensú”, “El jangadero”, “Posadeña linda”, “El cosechero”-; Chacho Müller –“Botecitos de papel”, “Pescadores de mi río”, “Monedas de sol”-; o Jorge Fandermole: “Oración del remanso”, “Río marrón”.


Un delta

No son tantos los deltas formados en las desembocaduras de los grandes ríos del mundo. Los del Orinoco, el Nilo, el Mekong y el Mississippi son algunos de los más célebres. No le va en zaga, en cuanto a su presencia literaria, el delta del Paraná. Con una superficie equivalente a la de la república de El Salvador, con más de quinientos ríos, riachos y arroyos, ha tenido su importancia en no pocos episodios de la historia argentina y americana. Más allá de su mención por viajeros como Azara, podría postularse que fue Sarmiento quien introdujo ese territorio nombrado por una letra griega en las letras argentinas. Sus textos publicados durante décadas en el diario El Nacional participan de la crónica, la historia, la geología, el humor, la mitología y la pura imaginación. También son notables los artículos de periodismo investigativo de Roberto Arlt, quien identificó los problemas del isleño con una precisión que desafía al paso del tiempo. Pero el introductor de este delta en la gran ficción –más allá de intentos anteriores- fue un narrador nacido tierra adentro, en Chacabuco: Haroldo Conti. Su novela Sudeste (1962) y cuentos contemporáneos a ella como “Marcado” y “Todos los veranos” son a la vez líricos, épicos y –gracias a una muy bien asimilada influencia del italiano Cesare Pavese- delicadamente imbricados con la historia y las luchas sociales.

En los últimos tiempos, la gran novedad vienen siendo los libros ambientados en el Delta escritos por mujeres. Tradicionalmente quienes situaban sus ficciones en este particular territorio solían ser hombres, y privilegiaban a protagonistas masculinos, por lo general solitarios, rudos, taciturnos, hoscos. Tal vez fuera una concesión a la realidad de una zona donde las mujeres eran relegadas aún más que en tierra firme, quizás en parte una herencia de la literatura marinera, género de señores en el doble sentido de género y de linaje. Resulta por eso notable la irrupción simultánea de varias narradoras que no sólo abordan este ámbito, sino que ponen en crisis los tópicos relacionados con él. No les faltan antecesoras como Luisa Mercedes Levinson, que en 1964 publicó su novela La isla de los organilleros, o Ana Basualdo, con cuentos espléndidos como “El clan”. Así, Claudia Aboaf toma el Delta como sitio para una distopía en El rey del agua (2016); Cecilia Ferreiroa incursiona en una especie de gótico isleño con su cuento “La vuelta mala”, que además tiene notables resonancias vinculadas con nuestra historia reciente; Inés Kreplak, en Confluencia (2017), despliega una mirada de recién llegada o incluso de etnógrafa algo salvaje pero no ingenua, en torno a los jóvenes y no tan jóvenes que intentan nuevas formas de vida en las islas.

En cuanto a la poesía que se le anima al Delta, quizás lo más notable sea el redescubrimiento de la obra de Enrique Urquía y su publicación conjunta en el volumen La islíada, y el notable Tigre de Cófreces y Muñoz, que logra aliar la zoología, la botánica, el costumbrismo, la erudición apócrifa, el humor y la lírica de manera inédita en nuestra literatura (y tal vez en la literatura a secas).

Gentileza Secretaría de Turismo de Entre Ríos


Futuros

Tres veces luz (2016), de Juan Mattio, cuenta una odisea a la que pocos se atreven: el viaje de los desplazados del mundo en busca de la supervivencia. La mayor parte de la novela transcurre a bordo del Propp, un buque de carga que cruza el mar con polizones y remonta el Paraná. Una fiscal con jurisdicción sobre varios de los puertos privados en los que el control estatal es mínimo, investiga a partir de un mensaje misterioso. Debe llegar cuanto antes al Propp: ¿habrá a bordo polizones aún con vida?

El río (2016), de Débora Mundani, relata cómo, en cumplimiento de la promesa hecha a su madre, llevar sus restos al pueblo natal cuando muera, un hombre remonta el Paraná hacia sus orígenes. En El río caben todas las violencias y todos los muertos que por el río bajaron: tanto los de los yerbales del alto Paraná como los de la última dictadura o los de la guerra del Paraguay. La secuencia de una creciente desmesurada se reviste con galas de alucinación: resulta arduo establecer si ocurre, si es un sueño, si es un desvarío del cansancio que atrapa al protagonista, y también podría leerse como una alusión al cambio climático.

En Jardín primitivo (2017), de Carlos Bernatek, las islas y las orillas de un río contaminado se han vuelto refugio de los náufragos urbanos: “Probablemente estábamos en la isla porque habíamos llegado al extremo de no soportar más la vida mediterránea o siquiera costera; al borde de algo filoso como un precipicio, un acantilado sobre el mar, y nos habíamos detenido allí. Pero en Santa Fe no hay mar, ni fiordos, ni cavernas, ni tierras altas: hay barro de río; tierra y agua mezclados, una cosa turbia, una argamasa de la que aparentemente estábamos hechos. Nosotros éramos ese mismo barro. Y con esa materia blanda se construyó este sitio. Cuando crece el río, con esa persistencia, con esa fiereza, lo va borrando todo: primero socava, va horadando, después esmerila, alisa como si quisiera evitar que en la superficie sobresalga algo rústico. El río tapa todo lo que encuentra con más barro, lo sepulta. Ese es su trabajo, siglos borrando, cubriendo lo que emerge, lo que saque la cabeza, todo aquello que aflore de la lisura. En eso el río se parece a nosotros”.