Entrevistas

Coqui Ortiz: “Desde la adolescencia, la guitarra se hizo compañera en mi vida”

Guitarrista, autor y compositor, el chaqueño Julio Alberto “Coqui” Ortiz, recibió de su padre correntino, el amor por el chamamé. Es autor de temas como El matecito de las siete, El trencito va, Canoa, Pueblo Hermana memoria, entre otras canciones ya populares.


Por Lic. César Oscar Castro



¿Cuál fue tu primer contacto con la música y con la guitarra en especial?

Sucedió en el ámbito de mi casa. Soy el menor de cuatro hermanos y con una diferencia de diez años, de modo que promediando los años 80, ingresé al colegio secundario y mis hermanos ya tenían 20 años. En especial mi hermano Jorge, vinculado a la militancia y al ambiente universitario, era un gran promotor de reuniones donde siempre había alguna guitarra sonando. En esos años, más allá de cumplir con el estudio, lo único que quería era jugar a la pelota y la guitarra se metió allí en el medio y se hizo compañera en mi vida y la de mis amigos del barrio.

¿Quiénes influyeron en esos años tempranos?  

Influyó mi hermano con su gusto por la música, el compartir la escucha de los trovadores latinoamericanos. También fueron importantes los amigos del barrio que tocaban y sabían un poco más que yo y pasábamos largas horas tocando en las veredas y aquellos que llegaban a mi casa y que ya se dedicaban a tocar en peñas, escenarios de mi ciudad. Así, lentamente, me fui metiendo en el ambiente de los músicos, conociendo gente, visitando en sus casas a músicos y poetas con quienes iba aprendiendo y forjando también una amistad.

¿Cómo llegaste a dedicarte de lleno a la música?  

Uno va entrando de a poco en ese mundo y cuando te das cuenta, un día volviste a tu casa con unos pesos por haber tocado. Creo que uno se dedica de lleno por vocación, por pasión. Uno pasa días enteros estudiando, tratando de escribir de componer una canción, ensayando aunque el salario no alcance. En ese mundo me crié y se naturaliza esa situación, que a veces alcanza con mucho esfuerzo para lo mínimo, pero se vive, como cualquier laburante. Eso sí, con la alegría que te da hacer lo que uno quiere. Ese mismo camino me fue llevando y salí de mi ciudad, recorrí el país, me encontré con otros músicos como yo, compartí con referentes que antes escuchaba a través de los discos nada más y cuando mirás para atrás está ese camino recorrido, marcado, están las palabras, la música sonando.

¿Al momento de componer, tenés algún proceso que reconocés frecuente?

Siempre fue muy dinámico, caótico. Hace un tiempo me pidieron que diera una charla de composición de canciones y compartiera mi proceso y no supe por dónde arrancar.  Pero cuando escribí una línea y me puse a pensar y tratar de bajar eso a un papel, me encontré con muchos recursos utilizados en todo ese proceso y terminé escribiendo varias páginas. La charla derivó en taller y no alcanzó con un solo encuentro de cuatro horas. Puedo pasar mucho tiempo sin componer algo y de pronto vienen varias canciones juntas. Tal vez sea como un amigo decía: “paciencia, mientras tanto el vaso se está cargando”.

Escuchando tus composiciones y tu estilo de chamamé uno siente un dejo de nostalgia. ¿Qué otra característica pensás que define a tus canciones?

En primer lugar, debo decir que no me dedico exclusivamente al género chamamé. Tengo una banda de candombes y otros ritmos, por ejemplo, con la que aún no grabé y se dificulta salir a tocar porque de mínima somos ocho músicos Eso hace que no se conozca esa parte de mi obra más allá de mi ciudad. Por otra parte, también hay mucho de canción en mis cosas y temáticas que no necesariamente tienen que ver con el paisaje o lo folclórico y lo que hago respecto del chamamé, tiene mucho de esa influencia de la canción. Pero no es un rasgo característico mío solamente, si no, de varios de los referentes que tuve. También hay que considerar que el chamamé es un género muy ligado a lo festivo, al baile, expresiones que son hermosas y características, pero también hay un gran círculo que cultiva el género canción o el desarrollo instrumental y que se escucha en escenarios más chicos o de “cámara” por llamarlo de algún modo. Entonces, a la hora de escuchar mi música con un dejo de nostalgia, tal vez tenga que ver con que no es festiva, o festivalera. Es verdad que las letras en varios casos hablan de pasajes de la infancia, el barrio, y cosas que al parecer han quedado en el pasado y uno las evoca a través de la canción, pero para mí son valores que entiendo que cuando las ciudades supuestamente “avanzan“, y logran mayor desarrollo urbano, se van perdiendo  y son necesarias para la comunidad. La gente se metió adentro de sus casas y hacen falta políticas públicas que la saquen de allí. Si el vecino vuelve a tomar la vereda, la calle como un espacio propio de comunión con los demás, muchos males de la actualidad no existirían. 

¿Cómo se combina el rol de músico con el de gestor cultural en los cargos que has desempeñado?

Esa es una situación que fue siempre de la mano, desde mi adolescencia. Te mencionaba la “militancia” de mi hermano y, si bien yo nunca lo hice en el ámbito político, si lo hice en lo cultural. Al igual que en la música, ese proceso se dio de manera natural y el camino te va llevando. Desde el colegio secundario ya estuve involucrado en la producción de acontecimientos en mi barrio, luego, en los 90, con amigos de distintas ramas del arte armamos una asociación y recuperamos un viejo Cine teatro que se llamaba Cine Teatro Obrero. Más adelante, en el 2000, armé otro grupo que se llamó La Ronda y organizamos durante años ciclos de música, clínicas, charlas en distintos puntos de la ciudad y mi casa que era el centro de reuniones se transformó en una especie de Casa Cultural, ya que en determinadas ocasiones abríamos las puertas, cortábamos las calles, armábamos escenarios y sucedían todo tipo de manifestaciones artísticas, Intervenciones muralísticas en casas de vecinos, teatro, radio, música, danza… Todo en plena calle, con nuestra casa como centro. En el 2007, me convocan junto a otros compañeros a trabajar en un Centro Cultural de la provincia y allí me hice cargo del CECUAL, Centro Cultural Alternativo. Luego pasé a trabajar en otros proyectos dentro del ámbito del Instituto de Cultura de la Provincia y también tuve una experiencia en el ámbito del Ministerio de Cultura de la Nación durante un tiempo. Soy parte del Comité Representativo del Instituto Nacional de Música (INAMU) por el NEA y delegado de la Asociación Argentina de Intérpretes (AADI) de Chaco.

¿Como ves el panorama musical de tu provincia y de tu región? ¿Algún músico de la nueva camada que te llame la atención?

Mi provincia siempre tuvo una actividad musical artística. Siempre hubo gente inquieta arriesgando con propuestas innovadoras, fusiones, músicos que tocan bien Hay una gran diversidad y eso es maravilloso. A nivel regional flota el chamamé con todo su potencial histórico y actual. Una música con una vitalidad admirable y en el presente conviven los sonidos y conceptos más tradicionales con los aires renovadores. Músicos de mi provincia: Julio Ramírez y Lucas Monzón, acordeonistas con discos recientemente editados.

¿En qué estás trabajando ahora y que podemos esperar en el futuro?

Quiero concretar la grabación de varios registros Tengo muchos temas, varios discos que están ahí esperando ser editados. Mi producción personal en cuanto a mi obra no va de la mano con la difusión, la venta y la gestión de espacios donde mostrarla. Es un tema complejo, no solo mi caso si no de muchos músicos argentinos.