Análisis

Escrito en el mapa

Los escritores argentinos imprimieron sobre el mapa espacios ficcionales en los cuales las experiencias de la infancia configuran un imaginario tan individual y original como sus escrituras. La Mendoza de Antonio Di Benedetto, La Pampa de Olga Orozco o la Provincia de Buenos Aires a través de las obras de Manuel Puig o Sara Gallardo, pasando por una Jujuy a la medida de Héctor Tizón o esa Entre Ríos que regresa una y otra vez a la poética de Arnaldo Calveyra.


Por Pía Paganelli*

Cuando pensamos en los mapas que trazan los textos literarios y las maneras en que los espacios se vuelven un personaje – a veces protagonista- dentro de las historias, aparece la noción de topografía literaria. Esta es la figura literaria que consiste en hacer una descripción detallada sobre un lugar, un paisaje o un pueblo. Pero esa descripción no la brinda un geógrafo lúcido y racional, sino un geógrafo alucinado. La literatura, al imprimir su componente imaginativo en los espacios, termina (re)creando espacios nuevos que se superponen en los mapas existentes. Como afirmaba el filósofo francés, Gaston Bachelard: “El espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación.” Entonces, algo del orden de la vivencia modifica la experiencia de lo real, y por ende, la experiencia de los espacios. Así, la Argentina literaria se convierte en un mosaico de espacios-experiencias, y cada región vuelve sobre su tradición y la reinventa.

El espacio propio como éxodo

Manuel Puig recrea su pueblo de origen, General Villegas (al noroeste de la provincia de Buenos Aires), en su segunda novela Boquitas Pintadas de 1969 aunque ya aparece como espacio en su primera novela La traición de Rita Haywoorth. Dicho espacio se convierte, en la ficción, en el famoso pueblo de Coronel Vallejos. Manuel Puig nació en General Villegas en 1932 y lo abandonó en 1986. Su obra literaria da cuenta de esta tensión entre la vida pueblerina, cerrada y agresiva (“Era la vigencia total del machismo. Allí estaba aceptado que debían existir fuertes y débiles […] y lo que daba prestigio era la prepotencia”); y el mundo exterior, y libre (Puig viajará a Italia, Nueva York, México y Brasil a lo largo de su vida adulta) representados por el mundo del cine. Disciplina que conoció gracias a su madre en el único cine de su pueblo, y que luego estudió en Roma en  el Centro Sperimentale di Cinematografía, en el contexto del neorrealismo italiano.

Boquitas Pintadas retrata en formato de folletín la historia de diversos personajes que a manera de tipos sociales habitan el pueblo de Coronel Vallejos y entrelazan sus vidas pueblerinas generando dramas, enredos y comedias. Uno de los mayores aciertos de la novela es que construye este clima gracias a la estructura de collage que incorpora el lenguaje popular como pieza fundamental de la ficción. Utiliza extractos de diarios íntimos, informes policiales y médicos, diálogos telefónicos, cartas, demandas judiciales, guiones de radionovelas, artículos periodísticos de diarios y de revistas, etc. El lector se encuentra frente a una gran variedad de recortes que se aglutinan para recrear el mundo de la provincia argentina a finales de la primera década del siglo XX. En General Villegas, algunas personas vieron esta novela como una intromisión en la vida privada de sus habitantes por la proximidad entre la ficción y sus historias de vida. Por este motivo, cuando en 1974 fue adaptada al cine por Torre Nilsson, la película fue censurada en el pueblo. 

Manuel Puig


Algo similar a esta tensión entre campo y ciudad, se observa en la representación del espacio rural en la narrativa de Sara Gallardo, la escritora nacida en Buenos Aires en 1931. Hija del historiador Guillermo Gallardo, nieta del célebre científico y ministro argentino Ángel Gallardo, bisnieta de Miguel Cané y tataranieta de Bartolomé Mitre, la reconocida trayectoria intelectual de su familia le permitió acceder tempranamente a la literatura. Si bien la vida de Sara Gallardo transcurrió en la zona urbana y de clase alta de la región central del país, “su real pertenencia al patriciado y al mundo del campo argentino no la llevó a plantear los dilemas rurales de la clase alta sino (como se aprecia muy bien en Enero) a aprovechar ese universo de experiencias para hacer una indagación en el otro campo, el de los puesteros que sostienen el trabajo en la estancia, el de los marginales del campo –los indios, las curanderas, los alucinados, los opas–, el de las mujeres sujetas a la violencia, el alcoholismo y la sensualidad viriles”, tal como afirma el periodista Claudio Zeiger. 

En efecto, la primera novela de Sara Gallardo, Enero (1953), se estructura sobre la base del espacio de la estancia rural propia de la economía agrícola-ganadera del centro del país. Pero, en ese espacio - lejos de las grandezas que configuran el discurso de la Nación- suceden actos de violencia y sometimiento atroces. El punto de vista narrativo centrado en la protagonista de dieciséis años, que ordeña vacas, está enamorada de un muchacho que nunca se fijará en ella y es sometida sexualmente por otro, transmite el terror que se detiene en pequeñas situaciones de su entorno y del paisaje, mientras toma conciencia de su debilidad de adolescente pobre ante el embarazo no deseado: “Quién sabe si para entonces no estaré muerta […], el tiempo viene y todo crece y después de crecer viene la muerte […]”. De esta manera, el espacio se tiñe de la angustia existencial del personaje y revierte los estereotipos de la literatura rural de la época: el espacio y la acción son creados por las voces históricamente silenciadas.

Sara Gallardo


También en la región central del país se impone el Entre Ríos de Arnaldo Calveyra, nacido el 23 de febrero de 1929 en Gobernador Mansilla, una pequeña población rural cerca de la costa del río Uruguay. La beca que lo instaló definitivamente en París en 1960, marcó la última escala de un itinerario que lo llevó del campo natal al pueblo de Mansilla -"ése fue el primer desgarramiento", explicaba- y, poco después, a La Plata, donde estudió literatura. En Francia, donde falleció en 2015, Calveyra continuó escribiendo una poesía de profunda originalidad. Este doble horizonte, Entre Ríos-Francia, va tejiendo gran parte de los motivos de su obra poética, porque la experiencia entre lo local y el dislocamiento atraviesa su imaginario: “Cuando abro la ventana de mi departamento en París ya no veo Entre Ríos. Sucede menos a menudo. Dejó de ser una epifanía. O tal vez no necesito abrir la ventana para verlo. Pero no hay pérdida”, afirmaba Calveyra en el año 2006. 

Lejos de su experiencia en Europa, en su primer libro de poemas, Cartas para que la alegría (1959), asume protagonismo el campo entrerriano. El espacio rural no solo incide en la configuración topográfica de su poesía sino que también impacta de lleno en la experimentación con el lenguaje: “Siempre me sorprendió que lo escribí en una semana. Pero lo previo, el trabajo de zapa del libro, es el campo, es la voz de la gente que yo conocía, el habla de ellos más sofisticada. Creo que los silencios en mi obra vienen de la gente del campo”, señalaba. 

Arnaldo Calveyra, en su casa de París (Foto: Javier Petit de Meurville)


Topografías de la infancia 

En el Noroeste argentino, Héctor Tizón pone a Yala, su lugar en el mundo, como el origen de algunos de sus libros. Nació el 21 de octubre de 1929 en ese pueblo, a unos quince kilómetros de la capital jujeña. Es en ese lugar fronterizo desde el que creó todo su universo imaginario, Tizón explicaba: “Para mí, la frontera es, ante todo, misteriosa. Porque no es el país sino su límite y eso la emparenta con lo extranjero, con otras culturas, con otras formas de ver y de sentir… Cuando me preguntan por qué diablos vivo acá lo primero que contesto es que ya nada es lejos de nada. La distancia hoy no se mide en kilómetros ni en millas, sino en dólares y cada vez más asequibles. Y en segundo lugar, creo que un escritor lo que necesita, básicamente, es tiempo y el tiempo en las ciudades grandes es muy caro. Aquí, en cambio, el tiempo es barato.” Licenciado en Derecho, fue ministro, diplomático y juez del Tribunal Supremo jujeño, y vivió en México, París, Milán y Madrid, si bien siempre volvió a Jujuy. Publicó sus primeros cuentos en el periódico El Intransigente, y llegó a dirigir el diario Proclama, antes de tener que exiliarse a España por razones políticas, donde trabajó en diversas editoriales y medios. 

Su primera novela, Fuego en Casabindo (1969), se desarrolla en un pueblo con personajes de la Puna: duros, silenciosos, taciturnos, sobrevivientes de las postrimerías de la batalla de Quera, el 14 de enero de 1875, cuando los terratenientes de Jujuy se propusieron aniquilar a los kollas que reclamaban la devolución de sus tierras ancestrales. Su mujer de toda la vida, Flora Guzmán, señalaba que “al padre lo mandaron un tiempo a Abra Pampa. En realidad lo mandaban por toda la provincia. Entonces Héctor tiene unas imágenes de infancia tan fuertes de la Puna que lo iban a seguir la vida entera. Lo más parecido al hogar paterno iba a ser Yala, donde el padre fue el encargado de la estación.”

Héctor Tizón, en Purmamarca, Provincia de Jujuy


De la misma región del país, encontramos al Tucumán tallado con precisión poética de Elvira Orphée. Leopoldo Brizuela, crítico de su obra, escribió: “Elvira Orphée hizo de los desclasados, los marginados y los pobladores de las zonas rurales de Tucumán los personajes de un mundo insólito, más cerca de Faulkner, Juan Rulfo u Onetti que de cualquier nativismo.” Ella misma describía su lugar de origen: “Nací en San Miguel del Tucumán, zona subtropical del Noroeste argentino, rica en telurismo, folklore, fragancias, chipos, lepra, maledicencia, susceptibilidad, amebas, guerrilleros”; y al ser consultada sobre la recurrente presencia de dicho paisaje en su obra sentenció: “Es que la infancia aparece hasta la muerte”. Nació el 29 de mayo de 1922, y pasó gran parte de su infancia postrada en una cama a causa de una salud débil. Tal vez esta condición de salud la llevó a señalar que “Cada infancia tiene su niebla”. Migró a Buenos Aires a los 16 años, luego de la muerte de su madre; y estudió en la Facultad de Filosofía y Letras donde trabó amistad con Leda Valladares, Alejandra Pizarnik, y Olga Orozco. 

En su novela Aire tan dulce (1966), desarrolla a partir de las voces de tres personajes —Félix Gauna, Atalita Pons y la anciana Mimaya—, una compleja historia de amor y odio entre dos adolescentes frágiles que no logran comprender de qué se trata aquello que sienten. La novela trabaja sobre la tensión entre el paisaje, la dimensión más poética del texto y las características propias de la sociedad tucumana. 

Elvira Orphée


Entre La Pampa y el mar de la región patagónica, la poeta Olga Orozco, amiga de Elvira Orphée, nació en Toay, el 17 de marzo de 1920. Su literatura se nutrió del ambiente familiar y de los campos y bosques de su padre, porque constituían el paraíso de su infancia. Sus primeros años transcurrieron entre aquella población y Buenos Aires. Consultada sobre su nacimiento en La Pampa, afirmaba: “Es no tener, como la gente de la ciudad, la pared contra la nariz. Es contar con la eternidad. Se puede seguir la aventura de la lagartija, la aventura de las escapadas a la hora de la siesta, la aventura de subir a un árbol lleno de fruta verde.” En 1928, la familia se trasladó a Bahía Blanca donde la autora descubrió el mar, que se volvió un tema recurrente en su obra. Pero en 1936 se instaló en Buenos Aires definitivamente para continuar con sus estudios. 

En su primer libro de poemas, Desde Lejos (1946), aparece el repertorio de motivos poéticos que acompañarán su obra: la afición por el viaje interior, la invención de un mundo lírico que explora su infancia; el paisaje y la casa añorada; los muertos familiares; y los primeros asombros vitales. Olga Orozco explicaba “Creo que en ese primer libro se habla de un éxodo. Eso que tiene un sentido anecdótico, de paso, toma sin embargo un sentido simbólico: el desfile de las pérdidas que vendrán después, lo que se va acumulando en otra parte.” De esta manera, revisitar el espacio pampeano de la infancia a través de la poesía es -en la obra de Orozco- una forma de volver y construir hogar: "Las casas en sí mismas son importantes en mis poemas. Tal vez porque me mudé varias veces. Hace un tiempo hice el cálculo de la cantidad de casas en las que he vivido y fueron veintitantas. Y en todas busqué mi primera casa", reflexionaba la autora.

Olga Orozco


Finalmente, en la zona de Cuyo se vuelve indispensable pensar en el Mendoza de Antonio Di Benedetto. El autor nació en la provincia el 2 de noviembre de 1922 y falleció en Buenos Aires en 1986. Los recuerdos de su infancia están anclados principalmente en Bermejo donde vivió con sus padres y su hermana. A poca distancia, en Corralitos, quedaba la casa de sus abuelos paternos, recordada muchos años más tarde como un lugar de infancia feliz y de “mucha noche” porque allí no llegaba la electricidad. Trabajó como periodista en diferentes medios hasta que ingresó como redactor y llegó a ser director del diario Los Andes, etapa en la que comenzó a madurar su escritura literaria. Trabajó allí hasta su detención, llevada a cabo dentro de las instalaciones del diario por la dictadura militar, el 24 de marzo de 1976. Después de ser torturado, el 3 de septiembre de 1977, recuperó la libertad pero sin llegar a conocer las acusaciones que justificaron su detención. Por este motivo tuvo que exiliarse en Europa. 

Dentro de sus célebres novelas, aquella en la cual se observan claras alusiones a espacios de su infancia y su vida de periodista en Mendoza, es Los Suicidas (1969). Según Saer –gran lector de Di Benedetto- esta obra cierra la trilogía comenzada con Zama (1956) y El Silenciero (1964), y narra la historia de un periodista que recibe de su jefe el encargo de investigar las causas que han llevado a dos suicidas a tomar esta decisión. Entre la novela policial y la novela negra, se asiste a la investigación de estas muertes, pero los misterios, lejos de desentrañarse, conducen a otros mayores que exploran las zonas oscuras de una sociedad (anclada en un Mendoza difuso) y de las profundidades existenciales del propio personaje obsesionado con el suicidio del padre: “Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde. Tenía 33 años. El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad”, comienza el libro. El relato está cargado de alusiones autobiográficas, ya que Di Benedetto se dedicó al periodismo buena parte de su vida y en su familia hubo varios suicidios. Pero el gran acierto es borrar las referencias reales del contexto espacial, para de esta manera universalizar el conflicto literario: “El hombre de Di Benedetto vive acorralado por el ruido destructor del mundo”,  escribía Juan José Saer.

Antonio Di Benedetto


Cada espacio esconde sus nieblas

La infancia y sus espectros aparecen hasta la muerte. Esta frase de Elvira Orphée tal vez nos permita pensar en la gran tensión entre espacio y experiencia. Los escritores imprimen sobre el mapa de la Argentina espacios ficcionales en los cuales las experiencias de la infancia - con sus imposibilidades, dolores, sensaciones, sensualidades-, configuran un imaginario topográfico tan individual y original como sus poéticas. La literatura, de esta manera, constituye un dispositivo de huida o éxodo del espacio en tanto memoria de la infancia; o por el contrario, la literatura deviene forma de recrear el espacio de la infancia, como si se tratara de una vuelta al hogar. En ambos sentidos, en los escritores abordados, la literatura en tanto creadora de mapas ficcionales, se vuelve un discurso compensador de la experiencia. 


* Pía Paganelli es Profesora y Licenciada en Letras con orientación en Letras Modernas (UBA), Especializada en Gestión cultural y comunicación (FLACSO) y Doctora en el área de Literatura (UBA) con tesis publicada: Profetas del reino. Literatura y Teología de la Liberación en Brasil (Imago Mundi, 2015). Ha sido becaria de doctorado y posdoctorado de CONICET. Actualmente es la coordinadora de la Cátedra Libre de Estudios Brasileños (Área de Extensión Universitaria FFYL-UBA) y docente de literatura.