Entrevistas

Juan Carlos Moisés: "La Patagonia sigue siendo inapresable e inquietante para la literatura"

Vivió hasta los 59 años en Chubut, donde nació. Actualmente reside en Salta. Su generación fue una poética renovadora que tuvo a Jorge Isaías como uno de los vate centrales.

Por Samuel Bossini para Revista El Faro



¿Cómo han sido tus comienzos en la literatura?

A fines de los ´60 quería ser jugador de fútbol. Era en lo único que pensaba. Pero recuerdo que a los 14, siendo un lector sólo de historietas, descubrí la intensidad de las palabras en un pasaje de Don Segundo Sombra (“tenía las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo”, así eran las manos de los trabajadores de la chacras y campos de mi pueblo) que nos leyó la profesora de Lengua, y destrabé la imposibilidad de expresarme en una simple redacción. A los 15 descubrí la pintura contemporánea en la revista El Correo de la Unesco. Al mismo tiempo en una revista para jóvenes leí a poetas de Buenos Aires que comenzaban a publicar sus primeros libros (Daniel Freidemberg, Irene Gruss, Jorge Aulicino). Fue entonces que descubrí la biblioteca del colegio donde estudié cuatro años interno. Algo ocurrió en mí y la decisión la tomó el azar. A los 16 tuve una fractura muy fea en una pierna, con dos cirugías y un tiempo largo de recuperación. Ya no quise saber nada de fútbol. A los 17 me encontré leyendo, escribiendo, dibujando, con un mundo nuevo por delante. Hoy no sé qué pensar, porque la vida tiene sus paradojas. A veces me pregunto si la fractura me llevó a las artes y me impidió continuar con la quimera de ser jugador de fútbol, o si para que ello ocurriera (suponiendo que así estaba marcado en un supuesto “destino”) la fatalidad no tuvo más remedio que hacer de las suyas. En enero del ´73, después de las dos cirugías seguía teniendo molestias. Viajé a Buenos Aires para hacerme ver por un especialista japonés, y el azar, o lo otro, apareció una vez más. Camino al consultorio, entré a una librería de la calle Pueyrredón y me atendió Jaime Poniachick, un montevideano que en ese momento tenía una página de juegos en la revista Satiricón (luego la tuvo en Humor Registrado, publicó libros de juegos, y con Daniel Samoilovich crearon Juegos de Mente). Esa tarde al ver mi interés me orientó en la compra y me obsequió una plaqueta que había publicado con textos y collages propios. También me prestó (!) una antología, De lagrimales y cachimbas, de poetas de dos revistas de Rosario, El lagrimal trifurca y La cachimba. Y me dio la dirección de Elvio Gandolfo y de Jorge Isaías, de ambas revistas. Les escribí no bien estuve de regreso. Me respondieron y me mandaron varios números y libros que editaban. Incluso De lagrimales y cachimbas. A Jaime le propuse enviarle dinero para que me enviara libros a elección. Lo hacía sin tardanza, y me decía con humor lo difícil que era ser “perito en gusto ajeno”. Todos fueron más que amables. Con Elvio y Jorge iniciamos una amistad epistolar y personal que dura todavía. Motivado, a los 18 con amigos del pueblo hicimos una revista literaria. Sacamos dos números a mimeógrafo en los que publiqué algunos poemas y un cuento, e ilustré la tapa del primero. Ese mismo año, a instancias del artista plástico de mi pueblo, Caroli Williams que venía del taller de Pettoruti en Buenos Aires, hice mi primera exposición de dibujos. Llevé la muestra a Rawson y a Trelew, donde conocí a Donald Borsella, un talentoso narrador que había sido maestro en El Maitén y diputado provincial. Fuimos amigos hasta su muerte, en 1986. Seguí escribiendo entre la influencia y la imitación de los poetas que leía. A los 19 viajé de La Plata, donde había comenzado a estudiar, a Rosario para ver a los poetas de las dos revistas. A los 20 quemé todo lo que había escrito hasta ese momento y decidí buscar por otro lado. Empecé de cero con una poesía llana que tenía más que ver conmigo y mi lengua natal. Eran tiempos difíciles y violentos en la universidad y en el país, y decidí volver al pueblo. Al poco tiempo formé una familia. Pese a la lejanía de los centros urbanos, la correspondencia me acercó a muchos poetas y a la poesía que se estaba escribiendo. En el ´75 otra vez el azar quiso que comenzara a recibir la plaqueta “Asemal” que editaba Darío Canton en Buenos Aires, de quien el año anterior había comprado por intuición su libro Poamorio. Mantuvimos una amistad epistolar (de maestro a alumno, claro) hasta el último número de “Asemal” en 1979. Su rigor con la palabra, su técnica de ir directo al grano sin adornos, me afirmó en mi propia escritura. En el ´76, Jorge Isaías me propuso editar un libro en La cachimba. Salió con 35 poemas en enero del ´77. Se imprimió en la imprenta La Familia, de los Gandolfo. La circulación del libro me permitió relacionarme con poetas de varios lugares del país, y conocer y tener amistad con ese ser excepcional que fue Raúl Gustavo Aguirre. Me extiendo en los detalles por agradecimiento, porque nobleza obliga. A los 21, cinco años después de la fractura, volví a jugar al fútbol por diversión y seguí hasta los 35, cuando empecé con el grupo de teatro en firme. A veces pienso que escribo, dibujo, dirijo teatro, como si jugara al fútbol. Pero es algo de lo que nadie debería darse cuenta. 

Juan Carlos Moisés, junto al poeta Jorge Isaías y el actor Omar Tiberti en el Bar El Cairo, Rosario
Juan Carlos Moisés, junto al poeta Jorge Isaías y el actor Omar Tiberti en el Bar El Cairo, Rosario



¿Qué escritores te han influenciado?

En los primeros años las influencias fueron muchas y llegaron rápido. En una lista ecléctica y acotada caben: el humor de Macedonio, Girondo, Prévert; el desparpajo de Parra; el pensamiento de Lao Tse, Pessoa, Stevens, Borges; el sentimiento de Ungaretti y Drummond de Andrade; la experiencia de Melville, Pavese, Hemingway, Cendrars, Frost, William C. Williams, Bandeira, Carver; la lucidez poética de Montale; la escritura epistolar de Dylan Thomas; el concepto moral de Auden; lo despojado de Beckett; los mundos de comicidad corrosiva de El Bosco y Brueghel; la candidez juguetona de Klee, Miró, Apollinaire, Cummings; las aventuras lúdicas de Lewis Carrol; el dibujo político de Groz; la inventiva visual de Escher; el humor negro de los dibujos de Topor. De quienes conocí y me honraron con su amistad: Aguirre, Canton, Bayley, Veiravé, Francisco Gandolfo, Madariaga que venía de un medio rural como el mío. Hay mucha poesía que no mencioné. Pero como dice Santiago Sylvester “hay buenos poetas que no escriben para uno”.

¿Qué influencia tuviste del territorio, ser un escritor de la Patagonia? Teniendo en cuenta que naciste en un pueblo de Chubut (Sarmiento), en ese momento de escasos 5000 habitantes.

De mi ámbito natural y social, mucha. La experiencia de mi infancia y adolescencia en el pueblo y en la chacra de mi abuela materna sigue siendo una marca indeleble. 

Con respecto al territorio: ¿Cómo encontrás el panorama actual de la literatura en la región? ¿Se realizan encuentros, congresos o se generan espacios de encuentro entre autores, editores y público? ¿Cómo son los mecanismos de difusión de las actividades vinculadas a la literatura?

La Patagonia ya no es un territorio a descubrir. Tampoco su literatura. Los poetas patagónicos nos hicimos fuertes en los lazos y en la circulación de los textos. Los encuentros, fiestas de la palabra, ferias del libro, fueron y son muy importantes. Volvíamos a casa con libros de autores conocidos y otros nuevos. Desde entonces nos seguimos leyendo en revistas, plaquetas, suplementos de cultura, y sobre todo en la web, que vino a borrar cualquier tipo de insularidad que en décadas anteriores padeció el territorio. Los escritores de otras regiones invitados a esos encuentros contribuyeron a extender los lazos a todo el país.  

¿Qué lugar tiene la poesía en tu planteo como autor y director teatral?

Un lugar central, que define las obras que escribí y las que dirigí. En teatro la poesía se hierve en la misma cocción que la puesta en escena, aunque el texto carezca de ella. Creo que en mi poesía también hay algo de teatral. Y si no hay me gustaría que hubiera.

En una entrevista vos decís: Las artes en general van mutando hacia formas nuevas e impredecibles. ¿Esas mutaciones han beneficiado?

No tengo dudas de que las formas nuevas son la salud de la literatura. Seguimos leyendo a nuestros antecesores en las formas de su época y no dejamos de beber en ellas. Pero la palabra siempre busca sus límites, y antes o después los expande. No sé si las mutaciones o la experimentación han beneficiado, algunas son caminos sin salida. Sólo sé que son inevitables. Recordemos cómo se sorprendió y conmovió Robinson Cruzoe perdido en su isla cuando vio la huella de otro pie en la arena. Las formas nuevas nos ponen en la situación de ser modificados, y a esto no hay que temerle sino todo lo contrario. Evitar las pompas de jabón es tarea de las antenas que tiene que tener un artista.

¿Qué lugar sigue ocupando el dibujo en tu obra?

Siempre un lugar necesario, un espacio de libertad y de alegría, aunque en los últimos años trabajé en formatos pequeños y no hice exposiciones. Con todo, me gusta pensar que escribo como si dibujara, y viceversa. 

¿Qué tanto ha variado tu manera de abordar un texto nuevo desde tus comienzos a la actualidad?

En una vida más o menos larga los cambios son naturales y necesarios. Con los años me volví lento, los textos se resisten más y soy menos consciente de la escritura que de la reescritura. Por momentos aparece un aliento narrativo del que tengo que estar atento para que no se desborde. Está bien poner palabras, pero también sacar las innecesarias. Cuando quise ver, estaba haciendo uso del montaje, que viene del cine. Lo ideal es lograr que todo tema busque su forma. Su “praxis”, dijo Saer. Y Borges: “Cada obra confía a su escritor la forma que busca”. Es a lo que aspiro para cada uno de mis textos, sean cómicos o dramáticos, en los que conservo o quiero conservar el asombro del niño que fui y sigo siendo.

Ninguna sensación física que no sea escribir con todo el cuerpo, con lo que uno es y con la espontaneidad del que mira y no se pregunta por el mecanismo complejísimo interno del ojo. ¿Continúa esta actitud al encarar un nuevo texto?

Sí, en general. Pero a veces la escritura me lleva de la nariz a pensar dentro del poema, como si el “mecanismo complejísimo interno del ojo” reclamara su parte. Digamos que a veces no puedo evitar que la poesía ensaye su cuento. O que eso que se cuenta ensaye su poesía. Son las formas nuevas que aparecen sin pedir permiso. Por suerte, a diferencia de lo que pasa en la vida, en la literatura existen borradores. 

¿Creés que hoy existe una literatura patagónica con identidad propia?

No sé si es pertinente hablar de una “literatura patagónica”. Creo que existe una literatura fresca y vital de autores patagónicos, que dialoga de igual a igual con la literatura argentina. Tiene características propias que vienen de la tierra, de las culturas ancestrales, de las modificaciones que fue sufriendo el territorio y sus habitantes. Pero creo que ninguno de nosotros se siente obligado a escribir sobre lo obvio. Eso sería la muerte de la literatura y se acercaría al folclore. Cada uno, con lo que es, busca en su propio pozo. Otro modo de entender desde donde escribimos en la Patagonia es la definición del poeta de Viedma, Raúl Artola: “La periferia es nuestro centro”. Y agrego que la literatura de la región no sería exactamente la que es sin los escritores llegados de todas partes del país, incluso de Chile, no curiosamente a partir de la tremenda década de los años 70. 

Planteos como centro y periferia en la literatura, ¿Existen como tales o son sólo ideas discursivas? Vos has dicho: En una encuesta que el 4 de julio de 1982 publicó el suplemento literario de La Nación con el título “La literatura en el interior”, a una de las preguntas, “¿De qué modo se inscriben dentro de la literatura nacional las manifestaciones literarias de su provincia?”, la conclusión de mi respuesta —un poco grandilocuente, es cierto— fue: “…para hablar en firme de la literatura de Chubut tendríamos que retomar el tema dentro de algunos años.” Esos años han pasado. ¿Qué podrías decirnos hoy de esa literatura?

La respuesta requeriría un largo párrafo ensayístico. Intentaré no extenderme. Centros y periferias se replican tierra adentro como las olas del mar: sólo vemos las que llegan a la playa. Tomemos a Buenos Aires, la gran ciudad: tiene su centro y su periferia. Y la Patagonia, que la podríamos pensar acertada o erróneamente como periferia de Buenos Aires, también los tiene. A los 21, ya de vuelta en mi pueblo, un amigo artista de Comodoro Rivadavia, con más experiencia artística en la región, me dijo que si me quedaba en mi pueblo no tenía excusa para no escribir. Lo que se está escribiendo en Chubut es parte de la literatura de la región y del país, incluyendo a los muy pocos autores que había entonces. Si bien se han publicado antologías de algunas provincias (la más notoria es la de Río Negro, en dos hermosos volúmenes compilados por Raúl O. Artola), la tendencia es reunir a la poesía de la Patagonia con sus parecidos y diferencias, que fortaleció, más que una identidad puntual, una conciencia de región. A tu pregunta: en Chubut hay poetas fundamentales nacidos en los 50’ y 60’: Cristian Aliaga, Jorge Spíndola, Bruno Di Benedetto, Liliana Ancalao (castellano, mapuzungun), Ariel Williams, Andrés Cursaro, entre otros. En la difusión, la revista Bardo y la plaqueta Peces del desierto (Comodoro Rivadavia), Patagonia/Poesía (Trelew/B.A.), la revista virtual Verbo copihue (Puerto Madryn), los suplementos literarios Confines (en diario El Patagónico de Comodoro y luego en El Extremo Sur) y Tela de rayón (en diario Jornada de Trelew), y desde Viedma la revista El Camarote, que incluyó poesía de Chubut. En varios casos, en las pocas revistas y suplementos literarios que subsisten, en blogs y en facebook, dan cuenta de nuestros poetas y publican su poesía. En los últimos veinte años se editaron en Argentina y en otros países varias antologías y trabajos críticos de poesía de la Patagonia, en algunos casos con la inclusión de poetas de la Patagonia chilena, una integración que se fortaleció con los años. Fueron compiladas por María Eugenia Correas y Sergio Mansilla (Chile), Luciana Mellado, Concha García (España), Claudia Hammerschmidt (Alemania), etc. Y la amplísima antología de Patagonia que editó el CFI con tu asesoría, Samuel. Y Cristian Aliaga y Juan Pablo Huirimilla (Chile), en la particular edición de poesía de mujeres mapuche, selk’nam y yámana. De los más jóvenes, Cristian Aliaga editó una amplia antología: Desorbitados. Poetas novísimos del sur de Argentina. Para no abundar en autores y textos, se puede consultar en la web, Excéntrica, poéticas en movimiento, mi ensayo “Poesía y regiones: Patagonia”. Si la pregunta se refería a la literatura en general, para hablar de la narrativa, la dramaturgia y el ensayo literario en Chubut, necesitaríamos un espacio que excedería esta entrevista. 

¿Creés que el imaginario poético patagónico vive en una permanente búsqueda de la identidad regional? ¿O ya ves consolidada esa identidad?

La literatura, en principio, pertenece a su época y a su lugar. Es inevitable que haya una búsqueda de identificación. Pero no puede haber consolidación de una identidad porque las identidades son formas que cambian, a veces de modo imperceptible que sólo se ven en el tiempo. Cuando a Chubut la habitaban grupos tehuelche y mapuche, en 1865 llegó el primer contingente de inmigrantes galeses y se instaló a orillas del Río Chubut, en la zona noreste, para extenderse más tarde a la Cordillera y al sur de la provincia. En 1902, después de la derrota en la Segunda Guerra Anglo-Bóer en Sudáfrica, comenzó a llegar la inmigración bóer a las costas del Golfo San Jorge y se asentaron en la zona sureste. Con el descubrimiento del petróleo en 1907 en Comodoro Rivadavia la inmigración interna fue numerosa y variada, y también llegaron muchos inmigrantes del sur de Chile en busca de trabajo. Después, como en el resto del país, llegó la inmigración de los países europeos. En la segunda mitad del Siglo XX fue numerosísima la inmigración de las provincias argentinas, en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida. Y en los últimos cincuenta años hubo una fuerte inmigración de países vecinos y de Centroamérica. ¿Cómo se define una identidad con esas mixturas de población y de culturas que van ocurriendo de manera ininterrumpida? Sólo la tierra permanece en el mismo lugar y no alcanza para hacer de la identidad una fotografía. Otra cosa es pensar en lo que ocurrió con la poesía escrita en mapuzungun o mapudungun, la lengua mapuche. Descendientes de esos pueblos a ambos lados de la Cordillera recuperaron su lengua originaria, en algún momento negada o silenciada. Son poetas bilingües que hacen visible la cultura de sus mayores y la realidad de sus comunidades. Ha sido un acto de justicia artística tanto como histórica, social, política. 

En un ensayo, Susana Gabriela Colombo y María Emilse Graf dicen y te citan: La producción patagónica podría ser considerada un modo de deconstrucción del canon argentino porque busca crear nuevas formas de lineamientos. Se escribe pero sin reflejarse en otro autor patagónico, porque en definitiva, esta poesía está naciendo y no hay autores “canónicos”, como dice Moisés: No hay tradición. No hay modelo. De hecho en la Patagonia se escribe sobre la nada, sobre una tierra inapresable pero siempre inquietante. ¿Es aún así tu mirada sobre la literatura de la Patagonia?

En el Siglo XX en Argentina había tradición literaria y por lo pronto modelos del XIX: Hidalgo, Hernández, Sarmiento, Echeverría, Juana Manuela Gorriti. Le podemos sumar nombres de fines del XIX y principios del XX: Lugones, Rojas, Borges, etc. En esos años en la Patagonia sólo hubo literatura de viajeros, que de ningún modo podían ser modelos ni tomados como tradición. En realidad sucedió todo lo contrario. Para las generaciones que comenzaron a escribir en la Patagonia de mediados del Siglo XX la tradición estaba en la literatura argentina pero no en nuestra región. Había tradición oral de los pueblos originarios, en forma de cantos rituales o canciones, que no se dieron a conocer hasta investigaciones como las de la doctora en antropología Anne Chapman, con el apoyo de Levi Strauss: en 1964 con los últimos sobrevivientes selk’nam de Tierra del Fuego, en particular con Lola Kiepja, y en 1985 con las últimas cuatro personas que hablaban el idioma yagan. A mediados del Siglo XX se conocen los primeros libros publicados por autores de la Patagonia. Desde entonces se fueron multiplicando los escritores y los textos editados. Para definir una tradición se necesitan varias décadas más. Pasaron cuatro generaciones y pasarán otras antes de que el tiempo defina una tradición. Ahora bien, para quien “escribe en la Patagonia”, esta región que ocupa inmensas geografías terrestres y humanas, sigue siendo inapresable e inquietante, por suerte para la literatura. 

La escritora Sylvia Iparraguirre dijo: En la Patagonia queda cierto salvajismo. ¿Estás de acuerdo?

No sé en qué contexto lo pudo haber dicho. Me extraña, porque conozco sus libros sobre la Patagonia y ensayos sobre el tema. Salvajismo hay en todo el mundo, bajo la forma de violencia a gran escala y en todas sus formas: social, religiosa, política, económica. Basta pensar en los feminicidios o en la tierra arrasada por los cárteles de la droga. La Patagonia llegó tarde a la Modernidad y ese momento fue contado por los viajeros extranjeros, en particular ingleses, que dieron cuenta de las etnias existentes en el Siglo XIX. Esas etnias tuvieron mala prensa. Basta leer algunas expresiones despectivas de Darwin sobre los habitantes originarios, por dar un ejemplo. Hoy, menguados o fusionados como es el caso del pueblo tehuelche y mapuche en la Patagonia central, están integrados a la sociedad, en gran medida en centros urbanos y en menor medida en zonas rurales, y como dije antes mucho hicieron sus descendientes en las últimas décadas por recuperar su lengua y poner en valor su cultura. 

¿En qué proyectos te encontrás hoy? 

Estoy escribiendo poesía. Tengo un libro en la última etapa de corrección.

¿Seguís lamentándote de no haber conocido a Samuel Beckett?

Mucho me hubiera gustado conocerlo. Beckett nunca te deja indiferente. Es el riesgo a ser modificado. Y fueron sus obras de teatro las que me hicieron pensar que esos personajes abandonados, confinados, callados (como el propio Beckett) o hablándole a nadie, se parecían a la gente que vive en el Sur y que yo había conocido, en particular los trabajadores rurales (en su mayoría habitantes originarios) que se pueden ver en soledad desde una ruta cruzar los campos a caballo bajo el rayo del sol del verano o las heladas del invierno, sólo acompañados por sus perros. Algo de esto me lo confirmó su obra Catastrophe, donde hay una escena en la que participan: A, la Asistente, D, el Director, y P, el protagonista, que está en el escenario y es “moldeado” a su antojo por el Director.

        A— Y qué tal si… si… levantamos la cabeza… un instante… mostrar la cara… sólo un instante. 
        D— ¿Levantar su cabeza? ¿Qué sigue? ¿Dónde crees que estamos? ¿En la Patagonia? ¿Levantar su cabeza? ¡Por el amor de Dios! No, ahí está nuestra catástrofe, en la bolsa.

Por su significación, lo transcribí como apertura de mi libro de poemas El jugador de fútbol, de 2015.

Juan Carlos Moisés, junto a Sergio Kern
Juan Carlos Moisés, junto a Sergio Kern