Homenaje

Juan Carlos Bustriazo Ortiz: “Fuíme solo y no era la luz”

El poeta pampeano dejó su huella única en la poesía argentina. Autodidacta y erudito, fue autor de 76 libros de poemas, de los cuales sólo unos pocos fueron editados en vida y en pequeñas ediciones independientes hoy inhallables. En 2008, Ediciones En Danza publicó la antología Herejía bermeja, poniendo su obra al alcance de nuevos lectores. 


Por Alejandra Correa

Juan Carlos Bustriazo Ortiz anduvo toda una vida caminando la Patagonia. Ya en su infancia, su padre oficial de policía era trasladado de uno a otro punto. Él heredaría este oficio y sería oficial ayudante de comunicaciones y radiotelegrafista. Más tarde, recorrería el territorio como ayudante de topógrafo, junto al agrimensor Edgar Osvaldo Juan Morisoli Renel. También se desempeñaría como corrector de pruebas en el diario La Arena, de La Pampa. “También anduve mucho por los médanos de Santa Rosa buscando restos indígenas porque a mí me apasionaba mucho la arqueología. Hubiera querido ser arqueólogo. Y de algún modo, no siéndolo, recogía piedras, restos de alfarería. Siempre se encontraban en los médanos. Todo lo que iba juntando lo guardaba en mi habitación. Era una habitación que parecía un museo: sobre todo tenía piedras, puntas de flecha”, contará.

Bustriazo fue autodidacta. Había cursado hasta sexto grado de la escuela primaria, pero era un ávido lector. “Me gusta la literatura. Digo literatura cuando hablo de poesía. Siempre me gustaron los poemas, y he leído mucho”, dirá. 

En una entrevista con el poeta Andrés Cursaro, quien tuvo a su cargo la producción del disco Hereje bebedor de la noche (editado por Espacio Hudson en 2007) con grabaciones de Bustriazo leyendo sus obras, revelará: “Recuerdo que yo era niño aún y apareció un anciano con un rollo de papeles escritos y le dijo a mi mamá que yo iba a ser poeta. ¡Y fui poeta! ¿Quién era ese anciano? No sé. Tiene que haber sido algún escritor, algún poeta. ¡Qué lástima que no se me ocurrió preguntarle quién era, yo era un niño y no se me ocurrió! Con un rollo de papel escrito estaba ese anciano. Me vio y vio mi futuro. Misterioso, ¿no?”



La inspiración baja del cielo

Bustriazo Ortiz tenía un permanente contacto con la música. Fue habitué de diversos círculos provinciales como la peña El Temple del Diablo, que llevaba ese nombre por uno de sus poemas. Según recordaba: “Allí tocaba la guitarra mi querido amigo, el finadito Guillermo Jesús Mareque. A él le enseñó el Temple del Diablo el indígena don Juan Huala. En ese lugar nos juntábamos todos, muchos amigos: Enriquito Fernández Mendía, mi amigo de siempre. Con él recorríamos los boliches y donde llegábamos nos convidaban un vaso de vino tinto. Anduve por todas las peñas que había: El Camaruco, La Querencia, el Boliche de los Cabrales, de mis amigos Juan y Carlos Cabral. Ese boliche quedaba un poco lejos, para el lado de Villa Parque y yo me iba caminando. Nunca aprendí a manejar autos y a caballo tampoco andaba. Había otra peña que se llamaba El Encuentro, que empezó a funcionar en forma contemporánea al Temple del Diablo. Yo salía a caminar en la noche, en las madrugadas. Andaba con mi linterna y cuando venían los perros los alumbraba y se asustaban y corrían. Y por ahí venían tipos extraños, delincuentes, me saludaban: ‘buenas noches, maestro’, me decían; ‘buenas noches’, les decía yo y seguía caminando lo más tranquilo, jamás me faltaron el respeto, ni me tocaron ni me golpearon nunca, nunca. ¡Hasta los perros me conocían!

Andaba yo por la noche, recorriendo las peñas. Y después me iba solo por ahí a buscar inspiración. Y ahí nacían los libros. Me acuerdo que me venía la inspiración de arriba, como que me bajaba del cielo y yo escribía sin ningún error ortográfico”, recordará en la entrevista que realizó Cursaro. 

Una melodía se colaba en la voz de Bustriazo cuando leía sus poemas. Como si cantara. Tan musical su poesía que algunos de sus poemas fueron transformados en temas folclóricos. Tal el caso de: De Guatraché y Ranquelina (con música de Humberto Urquiza), Del solito (con música de Gury Jáquez), Los manantiales (música de Argentino Calvo), y Del colorado (música de Ernesto Del Viso).

Otro de los tópicos a los que se refiere Bustriazo en la entrevista realizada por Cursaro, es a su relación con el alcohol. “Tomé vino desde joven, recuerdo que a los 19 ya tomaba. A papito también le gustaba el vino. Él le ponía vino a la sopa, vino clarete. Y yo también hacía lo mismo. Después tuve mi vasito largo, que tenía una tapa de plata. Yo tomaba vino desde muy joven. Y ginebra, grapa y otras bebidas blancas, casi todas las bebidas blancas que se toman en el país: caña fuerte. Hubo una época que tomaba unos siete litros de alcohol por día...  Pero la inspiración no tenía nada que ver con eso.  Bajaba del cielo… Era algo que me venía de arriba, como si Dios me la mandara. Era como si alguien me dictara los poemas y hasta los títulos de los libros. Los poemas hablan de muchas cosas, incluso de cosas que me han ocurrido a mí. De tantas cosas me hablaba la inspiración…”



Un poeta imprescindible e inclasificable

“Juan Carlos Bustriazo Ortiz, hay que decirlo enseguida, es un poeta imprescindible, inclasificable, que todavía espera a sus lectores. Pertenece a esa línea de alquimistas que, como el Vallejo de Trilce o Lorenzo García Vega, escriben en una lengua desconocida, hecha de destellos. Su escritura no está sola, tampoco, en la Argentina. Nicolás Peyceré, Néstor Sánchez, Juan Gelman o Susana Thénon son, como él, francotiradores, vale decir, niños que se impacientan ante el lenguaje como sistema coercitivo y limitante, y prefieren jugar, desmarcarse, desmontar, a veces con violencia, frases y palabras como si fueran cubos de madera”, escribirá la poeta y académica argentina María Negroni sobre su obra.

Su poética abarcaba los pueblos y parajes de La Pampa, la noche, los campos, los colores, las siestas y el vino; y se construye en una particular apropiación de la palabra y sus posibilidades. Tal como señala Negroni: “Así escribe Bustriazo: tergiversando todo, apostando a un verdadero aquelarre semántico donde la palabra queda liberada de su deber de eficacia para entregarse a una complicidad con el vacío, que es otro nombre de la imaginación. Nada hay que no participe aquí de la revuelta. Adverbios, adjetivos, sustantivos, verbos, prefijos y sufijos: todo se insubordina. Sin contar la variedad de registros lingüísticos que, al combinar las resonancias telúricas con cierta jerga popular y tanguera, y lo castizo más recalcitrante, aumenta la sensación de cataclismo”.

Hacia el final de su vida, y luego de cinco años de internación psiquiátrica, Bustriazo le cuenta a Cursaro, su entrevistador, que la inspiración no ha vuelto a visitarlo. Al poco tiempo, en junio de 2010, muere en la misma ciudad que lo vio nacer. Deja una vasta producción de poemas aun inéditos. Y otros a los que es posible volver una y otra vez para encontrase con la vitalidad de la palabra poética de un grande. Como éste titulado Cuadragésima Primera Palabra: 

pasa bustriazo el viejo con el joven / bustriazo azul de serle el sentimiento / la flor la luz el agua en el momento / de la enjutez del vago pensamiento / la sangre infiel bustriazo el viejo el joven / en paz en pos de su destino el reto / de su vivir bustriazo el viejo el joven / cristal de roca ya cuarzo coleto / tan pedernal de sí el viejo el joven / bustriazo va le brilla el esqueleto.”

Fotos: Marisa Negri