Homenaje

Raúl Aráoz Anzoátegui: Breve inventario poético

Por Santiago Sylvester

   Raúl Aráoz Anzoátegui nació en Salta en 1923, y al morir a los 88 años, en 2011, desapareció una presencia fundamental en la literatura del Noroeste. La importancia de su generación fue decisiva en la tarea que le tocó, de terminar de armar una identidad cultural de la región. Es cierto que, como sucede siempre, esa identidad comenzó a modificarse en cuanto estuvo diseñada; pero a pesar de los cambios, que son muchos y sin retorno, hay campanas que siguen repicando al fondo y dicen que no es tan cierto que seamos de todas partes como sugiere la mundialización.

   Esa generación, además, sentó las bases de la modernidad en el Norte. Es oportuno recordar que precisamente Raúl Aráoz Anzoátegui fue quien publicó en Salta el primer libro de poemas construido sobre el verso libre: Tierras Altas, de 1945. A partir de ahí el verso libre, y con él un viento nuevo, entró de lleno a la poesía de la provincia.

   No sé si aquellos poetas que abarcaron la región (Raúl Galán, María Elvira Juárez, Manuel Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, María Adela Agudo, Jorge Calvetti, Sara San Martín, Mario Busignani, Antonio Nella Castro, Néstor Groppa, entre muchos más) fueron conscientes de la tarea que les tocó. Pasado el tiempo, se puede ver que se trató de un momento imprescindible para la consolidación de un punto de vista propio, que se tradujo en expresiones artísticas fundacionales. Fue un momento tal vez irrepetible por los elementos que se sumaron: no sólo poesía, también artes plásticas, narrativa, lo mejor y más auténtico de nuestro folklore, y por supuesto el enorme acopio de la cultura popular, distribuida en telares, alfarería y cancioneros. Un rápido repaso muestra la magnitud: es difícil que vuelva a juntarse tal cantidad de nombres propios, representativos de distintas materias, para dar una versión creativa y potente de nuestra tierra. Además de los poetas mencionados, se puede nombrar a narradores como Héctor Tizón, Carlos Hugo Aparicio, Juan José Hernández; pintores como Luis Preti Gertrudis Chale, Carlos Luis García Bes, Jorge Hugo Román, Ramiro Dávalos, Medardo Pantoja, Osvaldo Juane, el escultor Rodolfo Argenti, los músicos Gustavo Leguizamón, Atahualpa Yupanqui, José Juan Botelli; los folkloristas Eduardo Falú, Jaime Dávalos, y conjuntos como Los Chalchaleros y Los Fronterizos, entre tantos otros artistas que resulta imposible nombrarlos a todos.

   Tierras Altas, el primer libro de Aráoz Anzoátegui, es desde el título una definición. Con él ubica el paisaje, deslinda el espacio y lo amojona: en la región cordillerana, en los valles altos y fértiles, poblados de gente que habla con lentitud, asienta su experiencia poética. Y la renueva en su libro posterior, Rodeados vamos de rocío, en el que, salvo algún poema, está dedicado íntegramente a su mujer y a sus hijos. 

   Podría decirse que con su primer libro instaló el paisaje, y con el segundo construyó la casa: los temas fundamentales de su poesía. Una casa sólida, rodeada de árboles, llena de amigos que dicen poemas, cantan o discuten, y dejan un poco más vivo el fuego. Porque el fuego de Limache, aquella casa donde el poeta vivió siempre, no estaba encendido sólo por él, sino que tenía la complicidad secreta de mucha gente. La casa que Aráoz Anzoátegui construyó toda su vida, no fue sólo un refugio de trabajo o un escondrijo sino una creación deliberada. Se trata entonces de una visión del mundo; y con esto la casa se expande y se transforma en algo mucho más rico y abarcador, que por ser una opción, la más íntima y definitiva, sólo se logra con un esfuerzo voluntario dirigido a darle forma, presencia viva, palabras para nombrarla y desarrollo. Es la casa, pero también es todo lo demás; los proyectos, los amigos que llegan a hora y a deshora, las fotografías, los libros, las actitudes cívicas y el grito del viento en la chimenea. Es decir, una creación y, además, deliberada.

   Cuando hablo de casa, hablo también de poesía. En este caso son inseparables; la una implica a la otra, y la completa, hasta el punto de que no es imaginable la vida de Raúl Aráoz, la de todos los días, sin esa integración que era, en realidad, una forma de conocimiento compuesta armónicamente de partes irrenunciables. Esto lo cuenta en cada uno de sus poemas; y aún en Pasar la vida, un libro de amor, dedicado casi exclusivamente a la pareja, habla permanentemente del mundo, de “lo que pasa en la calle”, como diría Antonio Machado, porque la pareja no es excluyente sino, al contrario, integradora de todo. La casa está construida y plena; nada le es ajeno; el mundo no está, ni estuvo nunca, fuera. Tal vez por eso sus viajes, de los que también deja testimonio en sus poemas, fueron siempre una prolongación, una manera fácil de fluir, de llevar y traer correspondencias.

   La obra de Raúl Aráoz Anzoátegui no se agota en estas consideraciones, pero sirven para mostrar su importancia decisiva: contribuyó a armar de un determinado modo una región, y ayudó a modernizarla con recursos que todavía no habían llegado a ella. Estas razones generales, además de sus poemas sólidos y fundadores, justifican un homenaje agradecido a este poeta que dedicó toda su vida, con gran generosidad, a la poesía.



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